Dienstag, 10. April 2012

La ciudad


Tomado del libro ENCUENTROS, de Rafael M. Arteaga, Galia Editora-Mexico City, Primera Edición, 2009.

 Khaosanroad at night. Bangkok city, March 2012



La noche abre su enredadera.
«Vamos», me anima,
al verme sin compañía,
«a llenar mis alforjas con niños
y muertos antes que el sol aparezca».
Y juntos caminamos
por callejones nacidos a la sombra
de las máquinas,
poblados de prostitutas,
de seres oscuros en la edad
de convertirse en héroes;
sin lamentos contra nadie, sin memoria
en el asfalto de las grandes avenidas:
la cara que todo pueblo reprime
y oculta a los ojos del viajero.

En las paradas del metro
hay jóvenes atléticos sin saber
qué hacer con un arma en sus manos.
Y cuando se abren las puertas
de los vagones
baja y sube tanta soledad.
Hay túneles llenos de silencio,
donde dejamos la piel y el alma.

La noche observa bajo los portales
el tiempo del aguacero
y reduce el mundo a una palabra.

- «La ciudad», me habla ella,
«fue edificada a la medida de tus sueños».
- «Sus calles», me atrevo a confesarle,
«se parecen a mi madre en su abandono,
en sus casas que me esperan
cada vez que vuelvo allá,
con los mismos dioses y las mismas cruces.»

- «Hace siglos que la muerte
se hospeda en estas murallas»,
insiste la noche, 
-«siguiendo las huellas de tu nombre».
- «No me asusta»,
confieso yo de inmediato,
«pues es el precio que debo pagar
por mi derecho a la vida;
temo a esa otra peste del mundo
llamada soledad».

En los patios de la chatarra
hay una nostalgia de carreteras
cada vez que una bocina
interrumpe la agonía de un auto.
A nuestro paso
una mujer vestida de luto da a luz,
un hombre asoma -de pronto- en los zaguanes
y palidece un instante al vernos junto a él,
mientras su víctima, en una habitación,
grita el nombre de su padre.

Y el que habita el reino
de los vivos y de los muertos,
cuenta cada masturbación,
convencido que ello
es una descarga de vida.
Y el que pasa horas en vigilia
con el dilema del ser o no ser,
se incorpora de la cama
y resuelve su instante
jalando la cadena del baño;
los enterrados con vida, en cambio,
ríen de su suerte
con las mandíbulas abiertas.

La ciudad que hoy me ampara
y que de algún modo
logró detener el tiempo con sus piedras,
ignora que hace años
me refugié en sus paredes,
cuando sentí las distancias en mis hombros
y necesité un hogar;
no recordará mi nombre siquiera,
cuando mis huesos torcidos,
lo mismo que un auto viejo
junto a los hornos de fundición,
admitan que lo mejor de mi vida
ardió aquí.

- « ¿Qué es el tiempo cuando estoy ausente?»
Le pregunto a ella.
- «Nada», me revela al instante,
«si no has aprendido algo de los viajes».
Y mientras yo me hundo
en sus palabras, añade:
-«No esperes estar frente a la muerte
para saber que vale la pena vivir
cada segundo en la tierra.
El placer del vino,
los idiomas que aprendiste,
es la valija de mano que irá contigo
y que nadie podrá arrebatarte».

-«Y así como no es posible detener la lluvia,
te irás pronto de aquí,
igual tus diálogos con lo efímero
las cartas de ausencias y de amores
los nombres de amigos que quedan en el viaje».

-«Sueño y vigilia atrapados por siempre
en el abismo de la casualidad.
Huyes del ayer,
de su insoportable nostalgia
y esta ciudad, con sus muertos,
te recibe como un huésped,
sin pedir algo a cambio.
Nada será igual en tu pueblo
durante los días de ausencia,
mientras tu pasado no sea resuelto.
Si buscas ternura, extranjero,
ve a sus calles y deja que el semen
comprimido desde la infancia
acorte la eternidad de tus palabras».

Y en estas casas, cuyas flores
tocadas por el tiempo
caen al suelo
para dar paso a otras,
arderá la leyenda del instante
en que viví y amé
tal y como debió amarse la vida.


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