CRÓNICA DE UN SUICIDIO ANUNCIADO
Texto de Rafael M. Arteaga
Líneas de Fuego - Editorial
Mira bien la imagen. La Mona Lisa —el símbolo de la belleza y de la cultura occidental— con el rostro desencajado por el terror, parada en medio de una calle de París en llamas. Detrás, la Torre Eiffel, las barricadas con neumáticos ardiendo. No es la cartelera para un estreno de Netflix. Es la metáfora perfecta de lo que nos venden como progreso, como cambio de esquema social y generacional.
Esa imagen se repite en Italia, en Londres, en Lisboa, pasa a Bélgica como pólvora encendida y, de modo similar, a Bogotá, Quito, Buenos Aires, Lima... justo en los países donde la izquierda ha perdido las elecciones. No es casualidad. Es un manual que los zurdos tienen muy claro.
Infiltrados en las aulas desde finales del siglo XX, fueron por los niños, por los jóvenes. ¡Estos son su mayor trofeo ahora! Luego asaltaron los celulares de las masas, para quienes el nivel de educación se traduce en la cantidad de seguidores en redes y en quién da más a cambio del voto. Su objetivo nunca fue aportar. Aristóteles, Galileo, Newton, Einstein, Hawking, los científicos y filósofos de cada país —en nuestro caso, Eugenio Espejo, Mejía Lequerica—, todo lo que significa Occidente debe ser demolido desde dentro. ¡Y lo están consiguiendo!
Troya nos advirtió hace tres mil años. En el Canto 8 de la Odisea, Demódoco, “a quien la musa amó y le quitó la vista”, canta la historia del caballo frente a Ulises en la corte de los feacios. ¡Ulises llora al escucharla! La ciudad no cayó porque sus gruesas compuertas de madera fueran débiles. La entregaron desde adentro sus propios ciudadanos que, seducidos ante el obsequio, derribaron sus murallas para tirar el coloso de madera —con los aqueos de Odiseo en su vientre— hasta el templo de Atenea.
EL CABALLO DE LA IZQUIERDA RADICAL
Viene pintado con causas nobles: las reivindicaciones sociales, la libertad de género, el reconocimiento de los grupos minoritarios, la lucha por el medio ambiente, por el agua, la libre identificación de sexo, el feminismo, el fin del patriarcado... ¿Quién diría no a eso?
Pero dentro del caballo vienen los guerreros de la Agenda 2030, el wokismo, borrar a Dios de las escuelas, ridiculizar a la familia y al acto sublime de ser padres. Vienen las fronteras abiertas.
Los jóvenes son la tropa perfecta, mezclados con migrantes que no quieren integrarse, con mercenarios de facciones guerrilleras, con los carteles de la droga disfrazados de estudiantes, de sencillos manifestantes sin empleo.
LOS GUERREROS SALTAN DEL CABALLO
En la mañana desayunan bien, luego regalan unos cuantos likes, escriben comentarios en redes y ya están listos para el asalto. ¡Lo más triste es que esos guerreros son nuestros hijos! Una generación que no levantó un edificio, que no asfaltó una calle, no construyó una fábrica ni tendió cables de electricidad, pero vive, sin darse cuenta, en la mejor época de bonanza de la historia.
Ignora que en la Edad Media la esperanza de vida de un campesino alcanzaba los 35 años al nacer —algunos estudios la sitúan en los 28— con la mitad de los hijos muertos antes de cumplir los 15—. Hasta principios de 1900 seguíamos estancados en el promedio de 30 a 45 años. Hoy, gracias a la medicina y al capitalismo occidental que tanto desprecian, superamos los 75.
Somos una generación estéril en su memoria, que ya no teme morir de hambre, de peste —la guerra le parece lejana— y pide a gritos volver a ello.
Bajo la consigna ¡VIVIENDA PARA TODOS!, ¡PALESTINA LIBRE! empiezan a saquear la ciudad. Pero no les interesa Palestina. No saben ni ubicarla en un mapa. No les importan los cristianos perseguidos, ni los niños muertos en guerras que no son tendencia. Es el tsunami ideológico, la ola que baja de TikTok directamente a su cerebro lleno de consignas prefabricadas, de odio a su cultura y a todo aquel que no piensa igual. No es solidaridad. Es la etapa final de los ratones blancos en el experimento Universo 25, de John B. Calhoun.
El mundo occidental no se está cayendo solo. Lo están derribando a martillazos desde adentro, desde sus cimientos, en nombre de una agenda globalista que nos quiere pobres, culpables, divididos y dependientes.
EL CABALLO DE LA ALIANZA
—Radicales del mundo, ¡uníos!—
La contradicción más perversa que la izquierda nos ha impuesto para cumplir sus metas es su alianza con el islam, que no viene huyendo de la sharia: viene a implantarla. Anclado en una lectura férrea del Corán del siglo VII, donde la mujer no tiene derechos frente al hombre, se justifica el matrimonio infantil con niñas, la homosexualidad se castiga con la cárcel o la muerte —como el beso de un hombre a su esposa en un espacio abierto—.
Defienden el velo como símbolo de empoderamiento, lo justifican en nombre del multiculturalismo, sin oír el grito que ya retumba en sus puertas: ¡Muerte a los infieles!
Rusia, China, Irán se frotan las manos y esperan. No necesitan lanzar un solo misil.
Esta es la verdad incómoda que nadie en Bruselas se atreve a decir; tampoco en las aulas universitarias, en un café con acaloradas discusiones sobre autores y libros de izquierda.
Virgilio, siglos después de Homero, nos dejó la versión inmortal en boca de Eneas: Timeo Danaos et dona ferentes —Temed a los griegos aun trayendo regalos—.
Lo vimos en los videos del 18 de octubre en París: la fiel defensora de la izquierda gritaba en la puerta —¡Soy de los vuestros, no toquen mi tienda, por favor!— pero a los vándalos les dio igual. Le escupieron el rostro y saquearon. La mujer de la rue de Beaurepaire que se hizo viral llorando frente a sus ventanales destrozados ya aprendió la lección.
En la obra de Homero, Ulises se tapa el rostro con su manto púrpura y llora en silencio porque fue su trampa, su astucia la que mató a tantos amigos y enemigos. Alcínoo lo nota y pide a Demódoco que se detenga.
¡El ciego estaba cantando nuestra historia!



