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Freitag, 6. Dezember 2013

EL CLUB DE LOS INMORTALES

El premio para el escritor, más los elogios desmedidos de los ponis en la aldea, fue como alcanzar el zenit de su carrera y no el inicio de un reto que lo habría llevado a lanzarse al abismo de la creación.

Texto: Rafael M. Arteaga

Hace treinta años, fue el primero, y acaso el único ecuatoriano hasta ahora, en ganar un importante premio de literatura a nivel Latinoamérica; luego, su militancia política, no el "susurro de las musas" al oído, se encargaron de consagrarle en el podio de los inmortales de nuestra aldea.

Recuerdo a una apasionada editora del diario El Comercio preguntarle, en una entrevista, qué pensaba hacer luego de recibir aquella distinción, tan codiciada por los escritores y por los jóvenes de entonces que soñábamos con dedicarnos al oficio de escribir como una profesión, sin dejar de ser "revolucionarios".

Aún está en mi mente su foto en la portada de la revista. Lucía fuerte y esbelto, como un potro de Arabia. Tuvo un arranque espectacular en una pista llena de ponis literarios en el Ecuador de los años 80.

El escritor que, al contrario de su cara de luchador de la UFC, tenía una voz suave, como el gorjeo de un canario en su jaula, contestó - entusiasmado - que estaba en sus planes o ya tenía cinco novelas listas para la editorial, dos obras de teatro y una más de filosofía que trataba sobre los significados mutantes en las letras, o algo parecido. Daba la impresión de ir a la velocidad de un avión supersónico. El Concorde -por aquellos tiempos - empezó a unir París con Nueva York en cuatro horas.

Ante la pregunta de si le gustaría vivir en algún lugar especial donde dedicarse a la escritura, su respuesta fue: París. No en vano García Márquez, tan en boga aquellos días, vivió y escribió allá durante su juventud; para nosotros estaba claro que ambos pertenecían a otra generación, porque nuestra ciudad, en cambio, era New York. Hablo de Vicente Robalino, Jennie Carrasco…Sus historias nos fascinaban por su lenguaje despiadado, brutal, como el jap de un boxeador directo al hígado, describiendo esa herencia, casi medieval, de Quito a fines del siglo XX, causando rabia en los "viejos y consagrados" escritores de entonces, que no se habían enterado (o no aceptaban) que la velocidad de las turbinas superó al sonido.

Luego ella quiso saber en qué se inspiró él  para escribir su libro.

- ¡En la lucha obrera! Respondió enfórico, con un fuerte golpe en la mesa.

 Y la periodista, seducida por el entusiasmo del genio, arremetió de nuevo:

- ¿Qué oficio le gustaría si no fuera escritor?

- ¡Limpiador de zapatos!

- ¡La cagó! -, gritamos en coro, tras la lectura del periódico en boca de Allan Coronel, moribundos aún y chiros tras la farra de la noche anterior. 

Por aquellos días mi padre, que también frisaba los cuarenta y cinco años, planeaba, igual que el escritor, su retirada. Tenía un quiosco con baratijas y dulces en el bar de una escuela de barrio. No le gustaba la idea, llegado el tiempo de la soledad, de acabar sus días en una habitacíon sin sol, sin aire; así que imaginaba con dedicarse a lustrar zapatos, forcejejando cada día con los guardias municipales por un espacio en el parque del pueblo. No tuvo una juventud espectacular. Recién a los veinte años aprendió a escribir su nombre y, desde entonces, no cambió su firma. Nunca hojeó un libro, no aprendió a sumar o a restar en el papel, pero fue feliz, eso creo, hasta la ultima copa de ron que acabó con su vida.

El premio para el escritor, más los elogios desmedidos de los ponis en la aldea, fue como alcanzar el zenit de su carrera y no el inicio de un reto que lo habría llevado a lanzarse al abismo de la creación. Su descenso literario fue igual de vertiginoso, aunque con paracaídas, y las musas, ah las musas, ya sin fósforo ni mecha que encender, lo vieron - con lágrimas - cerrar sus libros para convertirse en un tragador de espadas, lanzafuegos de los gobiernos de turno.

Sus mejores años de revolucionario quedaron atrás, igual que la bella Mercedes Sosa, Piero o Pablo Milanés y empezó a luchar por un espacio que creía merecer en el podio de los inmortales, movido por esa torpe creencia de ser el maximam splendorem de las letras y que es obligación de la sociedad proteger a sus genios. ¿Quién les hizo creer que espacio alguno les pertenece en aquella cocina de brujas llamada Casa de la Cultura?

Una voz les susurrra atrás: Eres un artista. Libera tu espíritu de fustigador y rebelde. 

Es la voz de los patricios romanos, de los mecenas en la Edad Media; es la voz del estado que, como la Medusa con mil serpientes en su cabeza, sus ojos vuelven estatua a quien los mira. La historia nos muestra que pocos creadores fueron capaces de superar esa sumisión económica y espiritual para llegar a ser los grandes renovadores de las ciencias y del arte. Eran genios y ante ello los protectores debieron aceptar - a regañadientes - su inferioridad; aunque, no todos: la iglesia no perdonó a Galileo Galilei.

El autor que soñaba con publicar una docena de libros, llevando una vida sencilla en Paris, sin sobresaltos económicos o morales en su vejez, hace poco se jubiló de trabajador público, mientras sus escritores preferidos publicaban en New York o en Londres.

Yo aún no he sacado un libro...

 

Dienstag, 16. Januar 2007

LA CAPILLA DEL HOMBRE ( O DEL EGO)*


Enviado por Rómulo Cuello Segura

"DESDE MARZO pasado circula un comunicado, firmado por 23 destacadas personalidades, entre las están la señora Betty de Wappenstein, pintores como Guillermo Muriel, Oswaldo Moreno y Sócrates Ulloa, arquitectos como Luis Oleas, Rolando Moya y otros, que en lo sustancial viene a decir lo siguiente:

Lo llamativo es que los dueños de la Capilla han pedido contribuciones estatales y lo más curioso es que sus gestiones les han dado frutos. Dicho directamente, la Fundación Guayasamín ha conseguido dinero de los gobiernos de Durán-Ballén, Alarcón, Mahuad y Noboa. 2

Esos fondos del Estado -cuyos montos desconocemos- por primera vez en la historia nacional han sido obsequiados a un grupo familiar, sin beneficio de inventario. Existe además el agravante de que la tantas veces repetida declaración de Guayasamín y sus familiares, referida a que las grandes series de sus cuadros y colecciones serían entregadas al pueblo ecuatoriano nunca se concretó, pues las obras no han sido donadas a ningún órgano estatal ni popular sino a la Fundación Guayasamín, es decir que ¡se han donado las obras ellos mismos para ellos mismos!

Por otro lado, durante el proceso de construcción “se descubrió” un cementerio arqueológico, estratégicamente ubicado al otro lado de una calle que servía a los vecinos del lugar, y la Fundación obtuvo entonces la aprobación municipal para apropiarse de la calle y expandir el complejo cultural. La falsificación que se pretendió hacer del patrimonio del país quedó corroborada por la oportuna “renuncia” de funcionarios del Instituto de Patrimonio Cultural.

Desde luego, no nos oponemos a que el Estado apoye las actividades culturales. Todo lo contrario. Pero somos concientes de que ese apoyo debe tener sus canales adecuados, sus formas regulares y, sobre todo, debe estar apegado a la ética y a las leyes. 3 ¿Es que las contribuciones del Estado para la Capilla del Hombre no han sido irregulares? ¿Es que este precedente no podría provocar una absurda situación en la que los descendientes de otros importantes exponentes de la plástica nacional, constituyéndose en fundaciones, solicitaran donaciones de millones de dólares para edificar museos estrictamente privados?. Y, desde un punto de vista ético, esas contribuciones millonarias dadas por el Estado al grupo Guayasamín Monteverde ¿no están en función del lucro de una familia? Si bien la Fundación Guayasamín, como las demás, está exonerada del pago de impuestos, 4 ¿se ha hecho alguna vez una fiscalización de los recursos que maneja? ¿No, estamos frente a otro caso de corrupción?

LO HONESTO Y VIABLE, EN NUESTRA OPINIÓN, ES QUE LOS PROPIETARIOS DEL COMPLEJO CULTURAL CAPILLA DEL HOMBRE COMPLEJO TURÍSTICO AL QUE LA TOTALIDAD DE LOS VISITANTES EXTRANJEROS Y LOS ECUATORIANOS DEBEN PAGAR PARA ENTRAR, EN GESTO DE DECENCIA RESTITUYAN AL ESTADO TODOS LOS FONDOS QUE HAN RECIBIDO (CON LA PRESENTACIÓN PÚBLICA DE LAS CUENTAS CLARAS Y EL PAGO DE LOS INTERESES DE LEY, COMO ES OBVIO). SI DEVOLVIERAN ESAS SUMAS DE DINERO EL ESTADO PODRIA, POR EJEMPLO, ENTREGARLAS AL HOSPITAL DE NIÑOS DE QUITO.

Por su parte el Estado debería, por fin, adoptar verdaderas políticas culturales, realistas, no discriminatorias, eficientes, trascendentes, antagónicas con la corrupción y la politiquería". 5


rocio2O@interactive.net.ec Diario LA HORA Julio/24/2003


1.-
El mensaje circuló por los medios escritos del país.

2.- Estuvieron también detrás del coronel, y con aportes del gobierno de Palacio se inauguró dicha obra en el 2006, con tanta solemnidad y pompa, pero sólo entre miembros de su círculo: embajadores, autoridades de gobierno, la gente autodenominada de avanzada.…mas los verdaderos dueños del dinero con el que se logró pagar la construcción para que hoy sea otro elefante blanco en la ciudad, la gente común, ellos estuvieron de meseros y bartmans en tal evento.

3.-No hay una ley o normativa que cumpla con tales requisitos, las contribuciones se realizan dependiendo de quién está en el poder y quién lo pide. Dentro de aquella lógica, no es lo mismo solicitar ayuda un pintor de la calle que un hijo o hija del artista fallecido en 1999, cuya influencia está bien enraizada en el poder estatal. Muchos políticos creen que la fundación es una manifestación cultural trascendente y la apoyan, ignorando por completo a otros actores. El museo es el cementerio de un artista, y con las obras de Guayasamín ha sucedido aquello. No que sus obras hayan muerto: ellas representan un momento glorioso de la plástica ecuatoriana, pero de allí a seguir lucrando con su memoria y trabajos que él mismo las donó al país mucho antes de morir, hay una gran distancia: ello es inmoralidad, por decir lo menos.

4.- Un simple ejemplo: las mercaderías –cualquiera sea su género- pagan altos aranceles para su importación en el país; las fundaciones –en cambio- están exoneradas de ello: pueden traer lo que quieran bajo el pretexto de utilidad: cámaras de video (para seguridad), autos (para el trabajo), textiles (para cortinas, insumos, o cualquier otro argumento), sin pagar un centavo de impuestos al estado. Reciben también donaciones del exterior e incluso del país en especias: cuantas veces hemos bebido allí buen wisky, ron o vino importado. Las influencias que manejan los (a) herederos (a) va con personalidades de la política criolla y con el jet set internacional; no en vano cuando un mandatario extranjero visita Ecuador, es casi religión ir a la capilla del Hombre. Allí estuvieron Chávez, Lula da Silva, el príncipe Fernando…

5.- Los “dueños” de la fundación están hoy detrás de Correa, impulsando también la asamblea constituyente. Cachito Vera, esposo de una hija de Guayasamín y ex ministro de educación en tiempos de Mahuad, fue destituido acusado de sobre precio en una importación de materiales para las construcciones escolares, a través de una empresa de Trajano Andrade, hoy ministro de Industrias y Comercio. No está por demás decir que los techos en mención eran de asbesto, un material de uso prohibido en EE.UU. por ser el causante de graves enfermedades en la salud humana, como cáncer. Y Aquí no ha pasado nada.

Freitag, 1. Dezember 2006

EL MOVIMIENTO TZÁNTZICO


Por Alfonso Murriagui*
El 27 de agosto de 1962, firmado por Marco Muñoz, Alfonso Murriagui, Simón Corral, Teodoro Murillo, Euler Granda y Ulises Estrella, apareció el Primer Manifiesto Tzántzico, el mismo que no fue un exabrupto sino una constatación de la realidad cultural que vivía nuestro país a comienzos de los años 60; por eso en sus primeras líneas afirma: "Como llegando a los restos de un gran naufragio, llegamos a esto. Llegamos y vimos que, por el contrario, el barco recién se estaba construyendo y que la escoria que existía se debía tan solo a una falta de conciencia de los constructores. Llegamos y empezamos a pensar las razones por las que la Poesía se había desbandado, ya en femeninas divagaciones alrededor del amor, (que terminaban en pálidos barquitos de papel) ya en pilas de palabras insustanciales para llenar un suplemento dominical, ya en 'obritas' para obtener la sonrisa y el cocktail” del Presidente"

En efecto, como afirma Agustín Cueva en su libro “Entre la Ira y la Esperanza”, "los Tzántzicos aparecieron cuando en el Ecuador se había pasado de la literatura de la miseria a la miseria de la literatura y por eso su primera reacción fue la denuncia a los literatos y a la literatura, denuncia que, por supuesto, llevaba ya implícita la severa acusación social que luego formularían de manera directa."

Esa constatación del estado en que se encontraba el país en los campos del arte y la literatura, y las condiciones sociales en que se desenvolvía, conmovió a los jóvenes e irreverentes Tzántzicos e hizo que afirmaran:
"Estaba claro. - no somos extraños como para contentarnos con enunciar que Quito tiene un rosario de mendigos ni que Guayaquil afronta el más grave problema de vivienda de la América, no. Decidimos hacer algo, ¿Por qué? Quizá porque nunca hemos tenido un estudio con paredes revestidas de corcho para evadirnos de esa miseria circundante al arte por el arte; o quizá porque lo tuvimos y a pesar de todo algo nos gritaba, algo nos llamaba en forma urgente: ¿Un llanto, una esperanza de redención, un fusil? Quien sabe"; y añaden: "No decimos que encima de estos restos nos alzaremos
nosotros. No. Se alzará por primera vez una conciencia de pueblo, una conciencia nacida del vislumbrar magnífico del arte. (…)El mundo hay que transformarlo. Nuestro paso sobre la tierra no será inútil mientras amanezcamos al otro lado de la podredumbre, con verdadera decisión de ser hombres aquí y ahora”.
Las intenciones políticas y sociales de los Tzántzicos están claramente definidas desde sus primeras actividades: rechazan los cenáculos y los salones elegantes y van a las fábricas, a las universidades y colegios, a las agrupaciones de artistas y asociaciones de empleados. Su intención es llegar masivamente a los estratos populares, tanto que utilizan, por primera vez en Quito, la radiodifusión para hacer conocer sus planteamientos: por Radio Nacional del Ecuador difunden un programa denominado “Ojo del Pozo”, en el que, dos veces por semana, leen sus textos y sus poemas. Y es más, sus inquietudes derivan hacia la discusión de los problemas sociales, pues organizan y participan en debates importantes como la Mesa Redonda, realizados en Agosto de 1962, sobre el tema “Problemática y Relación del Artista con la Sociedad”, en la que participan destacados pintores nacionales: Oswaldo Viteri, Mario Muller, Jaime Andrade, Jaime Valencia, Hugo Cifuentes, Elisa Aliz y actúa como moderador elDr. Paul Engel; y el Debate realizado en septiembre del mismo año sobre “La Función de la Poesía y Responsabilidad del Poeta”, en la que el expositor fue Jorge Enrique Adoum y la discusión estuvo a cargo de Sergio Román, Manuel Zabala Ruiz, Ulises Estrella y Marco Muñoz.

La presencia de los Tzántzicos, como era de esperarse, despertó la furia de la burguesía y de sus recaderos; Agustín Cueva, en el libro "Entre la Ira y la Esperanza", lo reseña en los siguientes términos: "Ahora: odiado por los derechistas; detestado por los mini y microensayistas que le aplican la cobarde y sistemática represalia del silencio; ignorado por pontífices y periodistas 'sesudos' pero aplaudido en universidades, colegios, sindicatos, etc.; el tzantzismo, tierno e insolente, es, mal que pese a sus adversarios, la verdad de nuestra cultura (y el público así lo siente: los Tzántzicos son los únicos poetas capaces de tener lleno completo en cualquier local donde se presentan). Negación de toda retórica, es, a la vez, nuestra poesía y la imposibilidad actual de una absoluta poesía: es el germen y el fracaso de nuestra ternura; la dimensión exacta, auténtica, de un momento en que el artista toma conciencia del alcance social como de las limitaciones de la palabra. Por eso, entre el acto y el grito próximo al estallido, el tzantzismo se afirma como una forma de arte ceremonial y agresiva, destinada a vencer la capa de inercia, y la barrera opresiva- depresiva que le oponen los detentadores del poder socio-político".

Efectivamente, los Tzántzicos no fueron ni diletantes ni oportunistas, su actitud respondió a una clara militancia política, adoptada, responsablemente y con absoluta convicción, ya que tenían muy claros los problemas sociales, económicos y políticos por los que atravesaba el país, América y el Mundo. En el Ecuador gobernaba una dictadura militar de coroneles, que clausuró el Café 77 y que los tenía fichados como “comunistas peligrosos”. No debemos olvidar que los años sesenta fueron los años de la eclosión revolucionaria. La Revolución Cubana acababa de liberar a la Isla de la dictadura de Fulgencio Batista y rompía con el Imperio, que trataba de controlar una revolución que había estallado a noventa millas de sus dominios y que amenazaba con extenderse por toda América. La figura del Che Guevara era nuestro ejemplo y las lecturas y discusiones sobre los problemas de esa Revolución se habían vuelto cotidianas.

Ubicados dentro de una corriente ideológica y estética de izquierda, sostuvimos la necesidad de una asimilación sustancial del marxismo, así como la imprescindible asunción de una estética coherente, para lo cual penetramos en la textura del naturalismo, del realismo socialista, del surrealismo, del dadaismo y más corrientes renovadoras. El estudio crítico de Nietzche, el existencialismo sartreano, la teoría de la enajenación de André Gorz, la experiencia de la premonición de los cambios evidenciada por Frantz Fannon en la revolución argelina, etc., también nos fueron útiles. El nuestro fue un arte militante, consciente y claro de sus cometidos. Esto marca una gran diferencia con movimientos aparentemente similares, como el Nadaísmo colombiano. Trabajamos con espíritu de cuerpo, desplegada nuestra sensibilidad y creatividad vivimos, actuamos, sentimos, produjimos, polemizamos, argumentamos, removimos y potenciamos. Pasamos de la etapa de la denuncia a la protesta y de ella a la propuesta, al esto-bello que concebíamos, en una estética probablemente no plenamente resuelta, pero nuestra.

Los Tzántzicos fueron políticos, militantes revolucionarios, sino todos, la mayor parte de ellos; no hacen falta nombres, fechas, ni partidos. Ellos lo saben, algunos después renegaron, se convirtieron en empleados o asesores del sistema. Esa fue precisamente la causa para el rompimiento del tzantzismo: el aparecimiento de “nuevas corrientes” que impusieron su oportunismo derechizante, que, por cierto, no lo habían perdido nunca y que les ha servido para llegar a las más altas dignidades de la cultura nacional, que incluyen jugosas prebendas y prósperos negocios. Uno de los más importantes actos políticos que realizaron los Tzántzicos, fue la organización de la toma de la Casa de la Cultura, realizada en Agosto de 1966, con el propósito de expulsar a las autoridades nombradas por la dictadura militar. En esta acción, que se la denominó posteriormente “revolución cultural”, se demostró su capacidad de lucha y de organización y junto a la Asociación de Escritores Jóvenes del Ecuador, la Federación de Estudiantes Universitarios (FEUE), la Confederación de Trabajadores del Ecuador (CTE) y la Federación de Trabajadores de Pichincha FTP) lograron cambiar, aunque momentáneamente, las condiciones en que se desenvolvía la institución rectora de la cultura nacional que, al poco tiempo, volvió a caer en manos del oportunismo, como se señala en el No. 9 de la Revista Pucuna, febrero de l968: “Las últimas actitudes de Benjamín Carrión y Oswaldo Guayasamín no solo han cuestionado la autonomía de la Casa de la Cultura sino que evidencia claramente el fracaso político definitivo de las viejas generaciones inspiradas en principios liberales. Junto a la posición de Asturias, embajador de un gobierno que asesina patriotas en las calles, a las vacilaciones claudicantes de Neruda, constituyen el último estertor, el derrumbamiento catastrófico de una manera de ver, pensar, sentir y actuar, el colapso de un modo de enfrentarse con la vida y la cultura”... “El intelectual no puede eludir una respuesta sobre la política nacional y mundial, tiene que hacer efectiva su actitud de integración popular, aún a costa de su tiempo, su tranquilidad, su vida. La condición de un escritor o artista tiene que evidenciarse en su capacidad de lucha contra el orden imperante”.

*Quito 1929. Miembro fundador del movimiento tzántzico. Fue durante muchos años periodista y profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central del Ecuador. Durante 25 años, ha dedicado su vida a la defensa y difusión del Arte Popular. Actualmente sigue trabajando en poesía, narrativa y dramaturgia; es miembro del Comité de Redacción del Semanario Opción.

Freitag, 10. November 2006

FLORES MUERTAS

La presentación del libro Las Partes, del autor Fabián Guerrero, en la C.C.E.

Rafael Marcelo Arteaga


Cuando Charles Baudelaire, en 1857, presentó su libro Les Fleurs du Mal, cuyo título maravilloso tiene perfume a canabis y a opio, (alucinógenos de uso común entre los artistas de la época), nadie, a acepción del autor y la editorial quiso hacerse cargo de su presentación: salió simplemente a la venta y luego de tres semanas fueron confiscados todos los ejemplares. Su autor debió pagar una multa de 300 francos, lo mismo la editorial. La sociedad entera se sentía ofendida con el libro y se avergonzaba al encontrarse con el autor en las calles; aún así, lo que fue innoble y depravado, llegó a ser con el tiempo una de las mejores obras que el poeta dejó como legado a la humanidad. Allí está la fascinación ante el dolor, la muerte, la rabia y la sordidez buceando a gritos en las frías tumbas de la moral del siglo XIX.

Qué abismo más grande existe hoy entre la creación y la responsabilidad del autor ante los sucesos y el tiempo en el que le toca vivir. Estamos en una época donde la publicación del manifiesto amiguista es descarado y por tanto insoportable: yo te alabo, tú me alabas.¡Bienvenido al club!

A acepción de algunos nombres que vale la pena rescatar (Abdón Ubidia, Edwin Madrid, Leonardo Valencia, Alfredo Noriega, Ramiro Oviedo (estos últimos en el exilio), los jóvenes escritores del país, no contagiados aún de aquel virus), pregunto, ¿a qué se ha reducido la literatura –y las artes en general- de nuestro medio? A simples quejas, a rebuscamientos intrascendentes, vaguedades y deslices de la lengua sin innovación alguna o propuesta literaria novedosa; y sus autores a cómplices de la situación actual, que no han podido o no quieren tomar una actitud definida y de responsabilidad con el tiempo presente. Son simples fantoches, no siquiera bufones, que luchan entre sí por hacerse dueños de un circo ajeno.

No se trata siquiera de bohemios, anarquistas o degenerados (pero genios) que actúan en contra del algo o alguien, sino de oportunistas que se agitan movidos apenas por el olor de la gloria pasajera, el status; sin luces ni caminos para orientar a las demás generaciones, y que pasarán al olvido, más pronto que tarde, con la satisfacción personal de haber llenado la sala con un libro intrascendente, usando el membrete de una institución que hace mucho perdió la brújula, se alejó de la gente común, de sus objetivos para los que fue creada y se entregó de lleno al sistema imperante.

No hay grandes rompimientos en ellos, no sacrificarán nada por la literatura, sólo cuidarán sus puestos conseguidos luego de jugar tantos años a ser los jóvenes rebeldes, sin aventurarse a ir más allá de lo que pudieron conseguir en sus primeros obras, y cuyas ediciones –con dineros estatales y aprovechando sus cargos, las relaciones con el poder, son cada vez con más frecuentes, aunque limitadas, sólo para alimentar su ego. Quienes un día fueron audaces y revolucionarios, que deslumbraron con su talento literario y espíritu de rebeldía, hoy son árboles secos que no permiten ver la luz ni crecer nueva vegetación bajo sus ramas.

Son las flores de nuestra decadencia, un cadáver más para advertir que todo huele mal, desde las estancias políticas, la familia y los patios traseros de la casa. Cada tiempo tiene sus artistas, igual su público. La presentación del libro Las Partes, del autor Fabián Guerrero, en la sala Demetrio Aguilera, el 29 de octubre, fue una muestra de ello. Y quienes asistimos a la farsa cabemos justo en aquel circo.

El libro de Guerrero es el monólogo de un cadáver en descomposición. No hay idea mala, hay planteamientos con un lenguaje mediocre que no logra desarrollarse, no toma cuerpo, ni velocidad para despegar la nave de la poesía.

Sólo Rimbuad pudo escapar a tiempo de la literatura, sin pedir nada a cambio, sino más bien ignorándola por completo, hasta que el tiempo se encargó de darle su verdadera dimensión a la obra.

Tú, hipócrita lector, mi camarada, mi amigo.