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Sonntag, 23. August 2009

CANTOS DE SIRENAS

Por Rafael Marcelo Arteaga


Y de un día al otro los intelectuales de Ecuador se volvieron “revolucionarios” y viajeros gracias al socialismo del siglo XXI. Al fin dieron su golpe. Reciben medallones, abrazos en los grandes paraninfos y hasta pensiones vitalicias; sus obras pasan a ser las cumbres de la creación en lengua española, brindan con el “eterno revolucionario” Daniel Ortega, (aquí el “eterno perdedor” se llama Polito y hoy es diputado otra vez), junto al corazón de león y boca de trapo Hugo Chávez. Fuman como sólo los eruditos saben hacerlo, (lo mejor de sus obras –dicen ellos- viene justo con la revolución ciudadana), sostienen sus copas con elegancia buscando el momento para la foto junto al líder de las grandes transformaciones sociales, junto al “Bolívar del siglo XXI”.
Todo fue cuestión de mantener sus poses de “progresistas”, de cuidar la boca. Y cuando sus cantos de sirenas, sus “versos solidarios” parecían naufragar bajo el manto de la “oscura noche liberal”, descubrieron que otro rebelde los esperaba en medio camino y, como un pastor sabe guiar a sus ovejas, él los metió en el saco de su proyecto político. Y ya nada les faltará bajo su sombra. Ni casa donde esconder sus huesos cuando llegue la vejez, ni pan sobre la mesa a la hora del hambre. “Piececitos azulosos de frío, cómo os ven y no os cubren, ¡Dios mío!”, lamentaba Gabriela Mistral ante la miseria; mientras Bertold Brecht, fue más pragmático: “Comer primero, luego la moral”.
Los intelectuales se quejaban hace poco, no de la desigualdad social que engendra el “capitalismo”, sino de que éste los ignoraba por completo. Ellos pensaban que el estado no les daba su lugar de creadores en la mesa de los políticos, donde opulencia y derroche de recursos públicos es el plato que llena sus vidas. ¡Con sus versos trataron de asustar a las hienas!

En la Edad Medieval los intelectuales buscaban al gran terrateniente para que los cobije en su castillo con el fin de dedicar sus vidas a la creación. Da Vinci fue un mimado de la iglesia (la iglesia de la Inquisición, la terrible cazadora de judíos, la que condenó a Galileo por afirmar que la tierra era redonda, la que vino con Cristóbal Colón a América). Rilke fue un protegido de la nobleza alemana, a Kavafis lo jubiló el estado griego y a Eliot el Reino Unido y no porque los reconocía como Maestros de la Literatura, (esto lo hacemos nosotros, los lectores), si no dóciles empleados públicos. Borges fue nombrado inspector de camales cuando perdió la vista y este episodio nos muestra cómo paga el diablo a sus devotos.
En Ecuador, los grandes escritores del siglo pasado fueron también dependientes de la generosidad del gobierno de turno. Carrera Andrade fue embajador desde muy temprano hasta su jubilación, Gallegos Lara fue empleado en el municipio de Guayaquil. Y así una lista interminable que se repite en nuestros tiempos con jóvenes, cuyo único sueño es pasar a depender de alguna institución pública para, luego de cumplir su horario de trabajo, crear.
No estoy en contra de algo. Solo digo que ello fue así hasta el siglo pasado, cuando todos fuimos a la escuela para aprender cómo conseguir un empleo seguro, y no nos educaron para fracasar, para arriesgarnos a ser independientes, conseguir el pan con nuestras manos y dedicar luego nuestras vidas a la pasión de escribir.
La caída del muro de Berlín en 1989 es una figura poética apenas en la mente de nuestros intelectuales, pero desde aquel día el mundo entra en una nueva era cada 18 meses, que es el lapso que demora un microchip en duplicar su capacidad, y con ello la aparición de nuevas tecnologías en todos los campos.
La Guerra Fría terminó allí, (aunque Chávez amenace con calentarla de nuevo en Sudamérica). Ya no cuenta el peso y el número de los misiles desplegados en el mundo, si no la velocidad de los módems. La red ha destruido las fronteras físicas de las naciones, pero no así nuestras barreras mentales. Antes se decía que la verdad nos hará libres, hoy es la información y por ello los gobiernos socialistas odian a los medios. Y el arte no se queda atrás. Los grandes creadores de la nueva era son independientes, empresarios y generadores de un complicado mundo de negocios con sus obras, ¡mientras en Ecuador son empleados públicos! Y cuando se jubilen, no serán recordados como artistas, sino como encubridores de un gobernante que, con el discurso de proteger a los más débiles (en el capitalismo se llama “los menos eficientes y faltos de ideas”), los acogió bajo su manto a cambio de silencio.

Mittwoch, 10. September 2008

EL SILENCIO DE LOS INOCENTES

Por Rafael Marcelo Arteaga
Parte I

Los intelectuales y el estado a partir de 1978.


Mucha tinta se vierte en los medios para tratar este asunto, hay foros, discusiones que llevan a asumir posiciones extremas en los participantes y que fueron motivo de ´divorcios intelectuales´ cuando estuvo en juego la distribución y uso de dineros públicos transferidos a las entidades culturales; un detalle quizás intrascendente para la mayoría de la población, por cuanto la actividad artística desde el estado es un misterio que se cuece en cuatro paredes, con miembros pertenecientes a un círculo selecto de burócratas intelectuales, para quienes la frase rendición de cuentas es tabú. Como es costumbre aquí, los aludidos guardan silencio, igual a los sabios de la india, cuya presencia se la percibe a través de la levitación apenas.
Mas ellos no practican el yoga para alcanzar el segundo nivel de la meditación, ni están en otro lugar que no sea Ecuador, un país con el 65% de su población bajo los límites de la pobreza (1), con el 32% de niños -en los cordones de miseria alrededor de las dos grandes ciudades- sufriendo desnutrición, y de ellos el 21.3% padece de hambre crónica (de acuerdo a los informes de la UNICEF). Con los niveles de educación, inversión foránea, producción interna, acceso a la tecnología más bajos del continente, sólo comparables con Haití, Nicaragua; con elevados niveles de corrupción, (triste consuelo de países en desarrollo), similar a algunos lugares de África, muy cerca de Argentina, sobre Paraguay y lejos, muy lejos de Noruega o Dinamarca. Con altos índices delincuenciales (2) en sus grandes ciudades, comparables a Caracas, México City, o Río de Janeiro, donde ocurren cinco asaltos a mano armada cada hora y siete muertes violentas al día.
Pródigo como ninguno, hasta en el número de constituciones echadas a la basura y de reyezuelos en medio de la pobreza de sus habitantes que, como una maldición gitana, rinde votos en las urnas y consiente a los advenedizos apropiarse de las instituciones y recursos del estado para alimentar su egoísmo y los negocios del grupo económico que les rodea.
¿Cuál fue el rol de los intelectuales en nuestro país una vez terminada la dictadura en 1978? Ellos lucharon por los ideales de su época desde la comodidad del poder, al que accedieron cuando los gobernantes se dieron cuenta que apoyar a las actividades culturales significaba mejorar su imagen ante una clase media con más recursos económicos, que le permitió gastar y hasta exigir nueva variedad de eventos; en una sociedad cubierta de apariencias, el llamado baño de cultura era imprescindible cada cierto tiempo y más cuando la situación financiera del país mejoró de modo considerable a partir de la era petrolera; fue la época precisa para dar el zarpazo y luego retozar -patas arriba- en la plácida yerba, viviendo la gloria de sus primeras obras apenas.
No hablo de otro país, hablo de otro tiempo en el que hubo dinero para todos, igual que hoy, y ello abrió un ambiente favorable para la aparición de una cantidad de intelectuales que pusieron sus ojos en el estado, como si fuera éste una tabla de salvación en medio del naufragio para sus penurias económicas. Les bastó presentar un proyecto y se lo aprobaba sin mucho trámite o estudio, sin una política cultural definida, sin objetivos a mediano y largo plazo. Aquí nació el Departamento de Cultura del Banco Central (hoy desaparecido), el edificio y todas las dependencias de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, (museos, cinemateca, salas de arte, editoriales), la Facultad de Artes (su estructura) y la Escuela de Teatro. Florecieron los grupos de música, de danza, de investigaciones sociales. El mismo Oswaldo Guayasamín comenzó a construir su Capilla del Hombre. Las editoriales del Banco Central, de la Universidad Central, de la Casa de la Cultura dieron a luz a la mayoría de autores de la mencionada época. Los eventos se extendieron por la ciudad y en menor medida por las zonas rurales. Yo mismo, como miembro del grupo de teatro El Telón, disfruté de los aportes del estado a mi actividad.
Comienza entonces una simbiosis entre los intelectuales con el estado. Los primeros piden más espacio para su mundo, más reconocimiento a sus creaciones, y el segundo les concede, a cambio de depender del erario público; así, muchos de la generación nacida entre los años 50 y 60, los cuestionadores de la dictadura militar, pasaron a depender de la voluntad económica del sistema democrático a partir de 1978. Y los que no cayeron en las redes de la maquinaria estatal, (por convicción o falta de padrinos) tomaron el sendero del exilio; en tanto otros abandonaron definitivamente la creación para dedicarse a actividades más productivas.
La consecuencia fue que el intelectual, al tener una relación de dependencia -casi siempre en desventaja- con el estado, perdió su identidad, por cuanto sus actividades estuvieron enfocadas a los intereses de su patrón, y cuando éste amenazaba, hubo poca resistencia. Aquella simbiosis –contra natura- ha sido siempre tortuosa e incómoda para ambas partes; pero más para el artista, que deja de cuestionar, y hasta de producir con disciplina, lo cual es bueno para el sistema, ya que, por un lado, éste lleva a sus mejores exponentes y con grandes expectativas de creación, como una medalla más en su chaqueta, para exhibirlos durante los desfiles o ceremonias; y por otro, esta misma clase intelectual es la encargada de defender el sistema económico que un grupo de poder plantea en las urnas y lo desarrolla durante su mandato.
¿De qué modo? Desde la inmovilidad de una oficina pública; donde el estado –lleno de asuntos concernientes a su supervivencia- presta poca atención a sus vidas incoloras, a no ser por el presupuesto que debe girar cada mes para que éstos se hallen ocupados en las telarañas de la burocracia; mientras ellos, al no recibir suficientes incentivos, como imaginan, dejan poco a poco de innovar sus trabajos, de proyectarse con grandes obras en el difícil mundo de crear: la única carta de presentación que tenían ellos antes de ser reclutados -de modo voluntario- por la maquinaria estatal; y acaban sus vidas –entonces- tras cortinas, ayudando a meter o a sacar la utilería del escenario, de acuerdo al director de la trama; en tanto otros son los actores estelares de la obra.
Estamos así ante un conflicto, que va más allá de convicciones artísticas o de ideología, sino con el estomago, cuya satisfacción exige a cambio dejar de cuestionar; muchos intelectuales del siglo anterior, después de confrontar en su juventud con las dictaduras militares, perdieron la brújula durante la nueva era democrática; fueron absorbidos por ésta, digeridos, no evacuados, e igual que los parásitos en el cuerpo, se multiplicaron. Hasta hoy.
Crear –que es igual a producir- demanda tener la barriga llena primero; pero ¿quien apoya a un artista?
Varios escritores –jóvenes por cierto- llegaron a la era democrática de los años ochenta con obras de excelente calidad. Pensemos en Micaela y otros cuentos (1976), Musiquero Joven, Musiquero Viejo (1980) de Raúl Pérez. La Linares (1976) de Iván Egüez, Bajo el mismo y Extraño Cielo (1979) de Abdón Ubidia, Polvo y Ceniza (1979) de Eliecer Cárdenas, Historia de un Intruso(1976) de Marco Antonio Rodríguez: libros capitales de nuestra literatura, que abrigaban la esperanza de llenar ese vacío dejado por sus antecesores, e incluso de superarlos, ¿cómo se explica entonces que muchos de ellos dejaron de producir con calidad? ¿Fueron sus convicciones artísticas lo suficiente fuertes como para ceder de modo fácil a la comodidad de vivir y de comer bien? ¿Donde están sus ideales políticos que tanto pregonaron durante su juventud? Hoy los podemos ver en tal o cual dependencia del estado, listos para la jubilación, y dependientes aún del erario público.
La etapa democrática de los años 80 fue la coronación de sus primeras (y mejores) obras en el medio cultural de entonces, mas no la realización de ellos como escritores de proyección internacional, salvo acepciones, me refiero a Javier Vásconez, quien en los últimos diez años nos ha entregado paginas de alta calidad. Una vez consagrados, los creadores buscaron reconocimiento, pero ello depende también del tamaño del estado. No es lo mismo nacer en Francia, en el Reino Unido, que en Ecuador; se deduce por tanto que esta palabra siempre será relativa: pequeño país, pequeños reconocimientos. Pequeños intelectuales, pequeños presidentes y grupos de poder luchando entre sí.
La pregunta es ¿cómo conseguir el equilibrio entre la creación y la necesidad económica? La libertad es el principio que está siempre en riesgo cuando se trata del estomago. Te doy lo que pides, pero a cambio guardas silencio, y ello es suficiente para los proyectos de cualquier gobierno; ocurrió así con muchos artistas del siglo XX, y su ejemplo se repite en nuestros días. Cuando el actual régimen anunció la creación de nuevos ministerios y subsecretarias, entre ellos la de cultura, una horda de intelectuales –jóvenes y de mi generación- acudieron a las ventanillas del edificio, con gruesas carpetas en mano, listos para defender los proyectos del gobierno a cambio de migajas, como rodar una película, publicar sus libros, recibir apoyo estatal para una obra de teatro, montar una exposición de pintura o vender sus cuadros a tal o cual institución pública.
Y este ha sido el comportamiento de muchos artistas durante las últimas tres décadas, que no son ni claros ni oscuros, sino tenues; no están aquí ni allá, pero siguen leyendo poemitas (y lo peor, en público) a un ex mandatario, sonrientes cuando el actual inquilino de Carondelet hecho el gracioso grita en público a un intelectual: mi sangre, en referencia al color de su piel.
Por fortuna hay una nueva generación de jóvenes creadores en Ecuador, y son ellos los que deben digerir lo que ocurrió con los intelectuales nacidos en los años 50 y 60, dar un paso adelante en su actitud frente a la creación y la vida, con una nueva mentalidad que esté enfocada, no en la cantidad, sino como dice nuestro campeón Jefferson Pérez: en la excelencia. Y abrir las antenas, si no queremos desaparecer del radar del mundo; muchos lo quisieran así pues, inadvertidos, es menos responsabilidad ante a las demás naciones.  
“Un escritor está poseído por el deseo de conocer la verdad, aunque ésta posiblemente no exista”, afirmaba el escritor suizo Max Frisch durante los años 70. Hoy se necesita iniciativas globales, aun para intereses pequeños o locales; pero si se calla es porque nada nuevo se tiene que decir. ¿Es esta la realidad de los intelectuales en el Ecuador del nuevo milenio?