Sonntag, 30. Oktober 2011

ROLF WILD


La calle Niederdorfstrasse, en Zúrich. La nostalgia siempre irá con nosotros. 

-Mientras más grande es un escritor, más humilde debe ser su trato con la gente que le rodea. Mientras más grande es un estadista, más sencillo su comportamiento con el pueblo que lo eligió gobernante. Aquel que habla mucho y vocifera, podrá ser locutor, vendedor de culebras, pero nunca un escritor. De eso estoy seguro. Igual un estadista-. Rolf –mi maestro de literatura- hablaba conmigo una tarde de invierno en su departamento. 

-Tú no eliges la escritura, -siguió con elocuencia, mientras liaba un tabaco-, ella te elige y el proceso creativo consiste en llegar a merecer tales obras que tienen el peso de tus palabras, las líneas y fronteras que encierran tu pensamiento.

El mundo está lleno de poetas dedicados, no a escribir una línea, una hoja más del gran libro de literatura (que inicia con una actitud responsable ante la vida), sino a lamer los huesos llenos de grasa que el poder arroja bajo la mesa. ¿Cuál es tu sueño? –Me preguntó sin reservas, mientras buscaba los cerillos para encender su tabaco. Yo no supe qué contestar. Mi vida a los 29 años no estaba aún definida, inclusive hasta hoy. Tenía proyectos de “obras inmortales”, algunos escritos sin ambiciones, llenos de miedo y quejas, sólo ello.

-Quien quiere ser oído debe aprender, en la medida que sea posible, a ser menos dependiente-. Insistió y por un segundo, sentí que él había dado en el blanco. Mi gran sueño hasta entonces fue acceder a un cargo público –dentro de la cultura, por supuesto- a fin de dedicarme –luego de cumplir mi horario de trabajo- al ejercicio de la creación.

-Aún grandes artistas –machacó Rolf- creen que es deber del estado protegerlos, ser considerados patrimonio, igual que en algunas naciones de Europa, sin importarles –o quizá piensen en ello, pero en cuestiones del estómago y de ego no hay moral o ideología-, ser miembros de ese ejercito de burócratas improductivos; infatigables en buscar un nombre, un espacio en el mundo y los libros -sin merecerlo- con sus obras y estilos de vida. ¡Simples lacayos del poder! Igual a ciertos reptiles que se arrastran en el suelo, ¡pero que avanzan muy lejos! –Remató él, con fastidio.

-Rolf, -interrumpí su vuelo-, es una realidad de muchos artistas e intelectuales que dedican su vida a conseguir dinero para subsistir cada día. 

-El mundo ha cambiado, ¡y cuánto! –rebatió en seguida-, desde la aparición del primer computador, pero nuestra mentalidad y forma de educación es la misma de hace siglos. Un alumno de artes tiene la cabeza llena con teorías de colores, trazos e historia de los grandes maestros; se le enseña a pintar pero ¡nunca a vender sus cuadros! Fuimos adiestrados para obtener seguridad bajo la dependencia de alguien. Los artistas de ayer, o pertenecían a las elites sociales (Sócrates, Eurípides, Ovidio, Dante –por citar ejemplos) o fueron protegidos por mecenas, por la Iglesia (Miguel Ángel, Galileo Galilei, Rilke) y aquella situación -en nuestra era- no varió: hoy es el estado. 

No he sabido que en Europa o en América las escuelas de arte den clases a sus alumnos de mercadotecnia, creación de empresas, publicidad, tributación y hasta manejo de personal; eso es tabú, porque hoy -como ayer- se piensa que el artista debe dedicarse sólo a crear. En el antiguo imperio chino, hasta la destrucción de su última dinastía, a principios del siglo XX, los intelectuales dejaban crecer sus uñas para demostrar que ellos no se manchaban las manos con el trabajo sucio de otros. Fueron patrimonio del reino; por tanto, debieron halagar a sus reyes -no criticar sus errores. Y esa actitud sigue en nuestros tiempos, pese a que China acaba de lanzar su primer misil aéreo con suficiente carga radioactiva como para destruir una nación. 

-Una cultura dependiente del estado, –siguió hablando Rolf-, es sinónimo de castración intelectual. Pocos han sabido liberarse de las redes que éste les extiende y con las que nosotros -por voluntad propia- alguna vez nos hemos cobijado. – Finalizó su discurso y con él la primera botella de vino también estaba vacía.  
-Mis hijos (se refería a sus libros) son bastardos. Nada de darles mi apellido o de pasearme con ellos golpeando las puertas de las editoriales. El museo y las bibliotecas son los cementerios del arte. ¡Y qué mal olor tienen los muertos aunque duerman en una caja de oro! Si no puedo escribir más porque he envejecido hasta los sesos, retirarme a tiempo, o el suicidio será una salida honrosa del mundo, en vez de asomar en mi epitafio: “Deja dos libros mediocres”. 

Nos reunimos esa tarde de invierno con el fin de leer mis textos, con la secreta ilusión de escuchar sus versos en la lengua de Shiller; mas cuando Rolf los escuchó –triste tigre rugiendo poesía- no se atrevió a darme alguna versión y, en su lugar, recibí otro vaso con vino. Por un tiempo -pensé yo- que era egoísmo de su parte, mas con la edad me di cuenta que de ningún modo yo estaba listo para ello. 

-¿Qué has hecho hasta hoy para ser digno de una traducción? -Insistió él algunos años después, cuando fui a visitarle en su natal Wintenthur, con un ejemplar de mi primer libro en las manos. Al darse cuenta de mi incomodidad con su pregunta, agregó:
-Escribe, Rafael, escribe, simplemente, sin pedir nada a cambio, sin lamentos, sin reclamos contra nadie.


Aquel fue mi último encuentro con Rolf en su casa. Él dejó de contestar mis cartas y yo tampoco insistí en escribirle. Reza un refrán entre gitanos: mientras más lejos, más dulce, que calza bien en estos momentos. Sus recuerdos son estas líneas que me atreví a tomarlas de mis apuntes de juventud y dos libros de cuentos escritos a máquina que una tarde él me confió, mientras le acompañaba a tomar el tren con rumbo a Belgrado, durante la guerra civil en Yugoslavia. Pero de ello hace mucho. 

En 1998 lo visite en una cárcel de Zúrich, donde cumplía una condena de 9 años, bajo la acusación de tráfico de blancas; en realidad, lo que la justica helvética no pudo entender y peor perdonar fue su determinación de ayudar a ingresar ex sus alumnas y amigos en Suiza, utilizando las ventajas que tenía entonces el pasaporte rojo, para evitar que terminen violadas y muertos bajo los fusiles de Karadzic, el gran genocida de los Balcanes, cuando éste se dedicó a limpiar Serbia y Montenegro del pueblo musulmán, con el apoyo de EE.UU. y el silencio, que es peor, de la comunidad europea. Años después, Karadzic fue a prisión y allí murió sin ser juzgado a tiempo. 

Rolf, mi maestro, luego de cumplir la condena, acabó sus días de glossar en los callejones de la Niderdorfstrasse. Su cuerpo sin vida fue hallado en una banca de madera junto al rio Limmat, cubierto con nieve una mañana de enero del 2005.

Tan simple es la vida, tan simples las palabras.

Freitag, 14. Oktober 2011

Palabras con Miguel Donoso Pareja en Quito

Por Rafael M. Arteaga

Presentación de Antología Poética, de Miguel Donoso P. en el Café Libro, Quito. Foto: César Vinueza, 2008.

-Regresé por nostalgia, la misma nostalgia que hoy siento por Méjico y por la vida-, me confía Miguel en nuestro encuentro, luego de veinte años de ausencia.
A pesar de su enfermedad, no ha dejado de escribir.

-Crear me ayuda a vivir. Es una manera de inventarme frente a la muerte-. Habla con entusiasmo, sin descuidar el café.

-Admiro a los hombres congruentes en las palabras con sus acciones-. Afirma de pronto, mirando la caída del sol en la ciudad. –Hay muchos autores que como personas no merecen los libros que han escrito, por lo que prefiero los libros.

Y sé que estas palabras encajan bien en su figura. Miguel estuvo preso -en 1963- por sus convicciones políticas, luego fue enviado al exilio, con la prohibición de volver a su tierra, como la antigua Grecia desterró a Temístocles, uno de sus hijos más queridos.

-Yo no escogí el país, lo escogió la dictadura-, reacciona ante mi inquietud. Quisieron tenerle lo más lejos posible de Ecuador por considerarle un sujeto de alto riesgo para la seguridad interna. Méjico aceptó darle refugio, y de allí su nostalgia y agradecimiento con el país de los charros. Los demás perseguidos políticos fueron expulsados a Chile.

Entonces viene de modo inevitable la pregunta: ¿Cuál ha sido la actitud de los intelectuales ecuatorianos durante los últimos años de democracia? Servilismo, silencio, que es igual a complicidad.

-No me arrepiento de nada-, me confía Miguel. –Mis pecados son veniales. ¿En qué insistiría? ¡Pues en la escritura! -Añade con entusiasmo.

Yo le recuerdo que en Méjico los medios se dirigen a él con la palabra Maestro. –No es importante, aquí en cambio te doctoran a cada momento-, responde.

-El libro es un intento de comunicación-, insiste, -de ahí que el lector es muy importante en este proceso.

¿Qué esperas de tus libros, Miguel?-, me atrevo a interrumpirle.

–Nada-, contesta en seguida. –Me gustaría que se leyeran. Les di la vida, o ellos me la dieron a mí, y hoy que han crecido deben ir a encontrar su lugar en el mundo; al fin de cuentas, los hijos abandonan a sus viejos, ¿no es así?-. Yo muevo apenas mi cabeza.

En algunas antologías, recortes y noticias de prensa de hace más de veinte años, Miguel consta como peruano, chileno, venezolano y, sobre todo, mejicano. No es para reprocharle, las obras superan la nacionalidad de sus autores; en Tailandia, por ejemplo, la presentación de Cien Años de Soledad, traducida a aquel idioma exótico, causó revuelo en los medios culturales, y al autor se lo encasilló como latino, simplemente, no como colombiano. García Márquez, decían algunos de los presentes –en cambio- es español, por el hecho de escribir sus obras en dicha lengua; así de simple.

El exilio volvió fuerte a Miguel. Como un árbol de buena semilla plantado en tierra fértil, floreció y se hizo grande; después, hombre satisfecho con la vida, también cultivó: Jesús de Sampedro, Alberto Huerta, David Ojeda, Armando Adamme, intelectuales de renombre en el país azteca, son nombres de una larga lista de siembra.

-He comprendido al fin lo que es la nostalgia-. Me asegura.

-“Aunque la encuentres pobre, Ítaca de ti no se ha burlado”-. Le repito los versos de Kavafis, Y el brillo de sus ojos se opaca por un instante: San Luis de Potosí, Zacatecas, Puebla, Barcelona, Guayaquil…le escucho suspirar, con la mirada en el horizonte, como buscando allí los olores y la vida de aquellos pueblos.

-¿Cómo vine a dar con mis huesos aquí?-. Se pregunta con una sonrisa. –Uno no puede olvidar de dónde viene-, contesta sin rodeos. –Nadie me obligó a dejar aquella tierra, ni siquiera escapaba de un gran amor, simplemente que necesité un cambio de aire. Deseaba quedarme en Ecuador dos, cinco años tal vez, y luego volver; al fin de cuentas, mi vida la había resuelto allá. ¡Igual pensé al llegar exiliado a Méjico! Hoy entiendo las palabras de Dávila Andrade: “El enigma de las dos patrias”.

-Sin embargo-, insistí –su vuelta a Ecuador no agradó a muchos intelectuales de entonces.

-No me había dado cuenta de ello-, responde, sin prestar atención. Miguel dejó de lado su labor en periódicos, revistas, editoriales de muchos países y se dedicó a formar escritores jóvenes aquí, en un intento por revivir la experiencia de los talleres literarios con nosotros; esa sería la mejor manera de devolver algo de lo 
que esta tierra le había dado –y también negado.

La creación de sus alumnos demostrará con el tiempo si la semilla cayó en tierra fértil; los libros de Miguel, en tanto, ya han dado sentido a su regreso.
 

Freitag, 16. September 2011

Uda Ben Amir, la ejecutora de Gaddafi

Texto de Rafael M. Arteaga



Mientras más eficiente se mostraba ante su amo, más cómoda y lujuriosa se volvió su vida.

Un nombre temible entre los libios. "Una mujer con el corazón del demonio", afirmaban ellos cuando se les preguntaba en la calle su opinión sobre ella.  Se hizo famosa durante las revueltas estudiantiles contra el régimen en 1984, cuando Gadafi ordenó sofocar la rebelión con soldados y tanques de guerra, tomó preso a su dirigente y luego de corto proceso bajo la acusación de atentar contra la seguridad interna de Libia, fue sentenciado a la horca. Militares y policías, que siempre apoyaron las excentricidades de su amo a cambio de un buen salario y de compartir el poder, vigilaban al condenado ante la perplejidad de los presentes.
Fue la primera ejecución ante las cámaras. Luego se volvería una tradición: mutilaciones, tortura, muerte de opositores al régimen se transmitía en vivo en la televisión estatal libia. Conversar de asuntos internos con extranjeros y ser sorprendido tenía una pena de tres años de cárcel. Pertenecer, agruparse o formar un partido político estaba supeditado a la voluntad del tribunal que lo juzgaba: la vida a cambio o el encierro por siempre. 
Los estudiantes de escuelas y colegios, aquella tarde, fueron obligados a asistir al estadio de básquet -en Bengasi- para mirar el macabro espectáculo. Sadek HamedAl-Shuwehdy, de 30, años volvía de terminar sus estudios en los Estados Unidos. Una vez envuelto con la realidad de su país, pidió -como miles de su generación- un cambio de gobierno a través de elecciones libres, a fin de acabar con el régimen de terror instaurado por el coronel. Ello fue su tumba. El verdugo arrojó la víctima al vacío para cumplir la sentencia, pero nadie imaginó que el cuello de Sadek Hamed sería tan fuerte, que permaneció algunos minutos balanceándose en el aire. Sus gritos espasmódicos pidiendo compasión llenaron el silencio -ante el asombro- del público. Las lágrimas corrieron por sus mejillas, mientras los niños gritaban: ¡no, no, dejadlo libre! Entonces asomó Huda Ben Amir en escena. Para todos hay espacio en los recovecos de la historia. Subió al tablado y se asió de los pies de la víctima, mientras el cuerpo se movía como un péndulo en el aire, hasta verlo morir.
La imagen debió haberla visto el mismo Gadafi en la televisión que, impresionado, mandó a llamar a la intrépida mujer. El líder reconoció pronto sus cualidades de servicio: ubicó al verdugo en otro cargo y puso a  la mujer en aquel oficio. Su osadía fue la carta de entrada al club selecto de Gadafi; no en vano la revolución paga con monedas, embajadas y jubilaciones la lealtad de sus vasallos. En adelante vivió rodeada de opulencia. Y mientras más eficiente se mostraba ante su amo, más cómoda y lujuriosa se volvió su vida. Desde principios de este siglo fue alcaldesa de Bengasi, la segunda ciudad más importante de Libia. Poseía algunas mansiones y penthouses con envidiable vista al mar, sus viajes de shopping al extranjero -acompañada de sus dos hijas, frutos de su etapa de pobreza- eran frecuentes, y sus innumerables fiestas terminaban en bacanales que daban mucho que hablar en los medios locales.
Su filosofía era tan simple y encaja muy bien en las mentes de muchos dictadores de nuestro siglo: "no se necesita diálogos, sino más horcas."
Hoy, al escuchar de nuevo su nombre, vuelve a mi memoria ese capítulo, tan patético en los jóvenes de mi generación, que muchos, y yo en mi caso, pasamos días enteros mirando los reprises en la televisión local. El mundo estaba en orden entonces. Muchos países hacían lo mismo y nadie dijo nada. Gadafi era por aquellas épocas una especie de mito revolucionario, un caballero medieval, que luchaba con sus armas: armadura y espada, solo contra el gran dragón del imperio y en nuestros pensamientos de entonces, quien se enfrentaba a él, estaba con nosotros.
Más de una vez -debo admitirlo- sentí admiración por su figura. Igual los grupos de izquierda, aunque hoy guarden silencio. Gadafi, sobre los 30 años y menos de 40, apoyaba a las guerrillas en África, al sanguinario Iddi Amín en las selvas de Uganda; envió soldados y consejeros a Vietnam, a Camboya y su régimen rojo –que casi extermina a todo su pueblo-. Muchas veces besó  la mejilla -una costumbre muy árabe- de Fidel Castro, ícono supremo en nuestras mentes revolucionarias de ayer. Defendió a Saddam Hussein y sus atrocidades contra el pueblo de Kurdistán, a Torrijos y luego al régimen de Noriega en Panamá…
 1977: Gadafi  y Fidel Castro en Trípoli
 
Gadafi apoyó al "sanguinario de las selvas africanas" Iddi Amín, de Uganda.

El boom de la era petrolera (los 70s) empezaba entonces; igual el tiempo de negocios, como las flores al inicio de la primavera. Y el momento  de acabar con las instituciones del estado había llegado, a fin de no rendir cuentas a nadie. Destituyó a los otros  tenientes del Consejo de Gobierno y en su lugar puso un "Congreso General Popular", conformado por jóvenes afines a su partido, (el único en Libia), el mismo que bendecía sus propuestas de cambio a fin de darles visos de legalidad; puso gente de confianza en la justicia, fiscalía y más organismos de control y el resto fue un monólogo apenas. Los rezagos de prensa independiente, la que cuestionaba los actos de corrupción del joven dictador, debieron cambiar de estrategia para sobrevivir: muchos terminaron vendiendo sus periódicos y medios de comunicación al mismo gobierno, en tanto otros salieron del país. Los últimos personajes -viejos y jóvenes- de la oposición fueron humillados en público, como si fueran ellos los enemigos de un proceso social grandioso en marcha.

 
El Congreso Popular de Libia podía elegir un primer Ministro y llamar a elecciones, pero nunca lo hizo. Gadafi no fue nombrado para cargo alguno, pero gobernó durante 42 años.
Y es que en Libia, décima en el mundo en extracción y ventas de petróleo, había tanto dinero que Gadafi logró  convencer a los sectores más pobres -mayoría, igual que en otras naciones- que no era necesario esforzarse mucho, porque para ello estaba su líder, el que les daría educación, libros, uniformes, bonos -como en Cuba, u hoy en Venezuela- para retirar alimentos cada fin de semana. Escuelas, carreteras, la producción debía estar bajo su responsabilidad, para distribuir de modo equitativo la riqueza de una nación rica y poderosa, pero mal administrada antes, a cambio de sumisión, de silencio.
Y desde entonces, varias generaciones fueron adoctrinadas para callar y servir a la revolución.

 Gadafi gozó de admiración en la juventud de los años 70s y 80s. Aquí en la foto recibe a un grupo de hippies ingleses en su tienda del desierto.

Así, mientras al interior de Libia él se presentaba como el guía espiritual del pueblo, cuyas palabras y actitudes eran una versión directa de la democracia; martillando la magnitud de sus obras, las bondades y virtudes de su carácter fuerte, cada día, cada segundo en los oídos de la gente, hasta volverse una adicción enfermiza; en el plano internacional, en cambio, se presentaba como un reformador. Desconocer el papel de la ONU y pedir su nueva fundación a la comunidad internacional, acorde con los cambios políticos y sociales de entonces -porque ésta haya impuesto a su nación severas sanciones diplomáticas y económicas luego de comprobar su apoyo a grupos guerrilleros y extremistas en el mundo, desde el Ejército Republicano de Irlanda, la Organización para la Liberación de Palestina, los Sandinistas, el M19, Sendero Luminoso...despertó muchas simpatías entre los grupos de izquierda. Nosotros celebrábamos su permanencia en el trono año tras año, y hasta guardamos silencio al enterarnos que uno de sus hombres hizo explotar un avión en pleno vuelo, con 357 personas a bordo, porque al fin y al cabo estábamos convencidos que el cambio de sistema político tocaría pronto nuestras puertas, tal el ejemplo libio.
"La revolución del pueblo" empezó Gadafi denominando su proyecto político (los conceptos de ciudadanía que hoy manejamos aún no tenían vigencia entonces), hasta encajar aquella frase en un hombre –no en una institución- y en una estrategia personal: perpetuarse en el poder, rodeado de una sarta de incondicionales pone-alfombras (en Ecuador se llaman brigadistas), poetas e intelectuales que nunca se atrevieron a cuestionar los errores del líder por temor a su carácter explosivo y, sobre todo, a perder los privilegios recibidos por él, mientras los grandes negocios -petróleo, minería, construcciones, compras y pagos gubernamentales...- volvían fuerte sus bolsillos. 
Usó dineros públicos -fuera ya de un control independiente al que todo gobierno serio debe estar sometido- para apoyar a naciones pobres de África con el objetivo de controlar los recursos naturales de éstas, bajo pretexto de ayuda solidaria. Cambiaba alimentos por petróleo barato, apoyó candidaturas de personajes afines a su ideología y posibles aliados. En Eritrea, Níger, Somalia, por citar unos nombres, empresas libias controlaban la mayoría de recursos naturales y sus ganancias terminaron en las cuentas del clan familiar y en cientos de consorcios con paquetes accionarios a nivel mundial. Gadafi soñaba con la unidad africana e intentó -sin éxito- fundar el Banco Nacional de África. Sus planes para una moneda común quedaron frustrados ante la oposición de Sudáfrica y el bloque que apoyaba a ésta, y de abrir las fronteras y los mercados para una integración económica y racial.
Siempre acusando la ferocidad del capitalismo y la ineficiencia del socialismo, propuso su ideología como una alternativa social a seguir, tomando lo mejor de ambas y combinándoles con los principios del Islam. Así consta en su Libro Verde para la Revolución (que nada tiene que ver con ecología)

Si Mao escribió su Libro Rojo, Gadafi tuvo el suyo: El Libro Verde para la Revolución, con cientos de ediciones (auspiciadas por el autor), traducido a 42 idiomas y fuente de lectura obligada en los centros educativos libios.

Pero el sátrapa tenía sus excentricidades también. Un selecto grupo de enfermeras ucranianas que viajaban con él a todas partes para curar sus heridas, y hasta la de sus huéspedes predilectos, no pasaba desapercibido en la prensa. Berlusconi fue un asiduo huésped de Libia. El poder del pueblo le daba gloria y él se encargaba de exhibirlo cada vez que hubo oportunidad. ¡Un viaje de su gobierno al extranjero fue una ostentación de lujuria! Un avión, equipado como el Force One, solo que mejor, con gimnasio, sala de cine, un establo para sus caballos de raza, ministros con sus respectivos harenes -no en vano defendían los principios del Corán-, consejeros y mascotas incluidas. Una perversidad con fondos público, sin que nadie pueda decir nada.

 
Primer requisito para ser miembro del cuerpo de seguridad: ser vírgenes. Gadafi las seleccionaba en persona. Las Brigadas de Vigilancia, en cambio cuidaban de la revolución, inclusive en el extranjero: Derechos Humanos lo acusa de la desaparición de 28 oponentes políticos -entre 1984-1987 que vivían asilados en otros países, sobre todo en EE.EE. e Inglaterra, donde el servicio de inteligencia libio trabajaba con la CIA.

En cada desplazamiento iba también su cuerpo de seguridad femenino: mujeres reclutadas en su juventud bajo diferentes métodos infames. En cuanto empezó a desplomarse el castillo que Gadafi edificó con esmero, algunas buscaron de inmediato la ayuda del psicólogo. Dos de ellas confesaron haber sido reclutadas a la fuerza, bajo amenazas a sus hermanos por ser descubiertos -supuestamente- con drogas, delito penado con la muerte en la mejor tradición musulmana. Y otra, hija de un funcionario público, con quitar todos los privilegios a su familia, hasta volverlos mendigos. Una vez adentro, confesaron las mujeres a los emisarios de Derechos Humanos-, el coronel las violaba, luego sus generales -en orden de antigüedad-, hasta terminar en el lecho de cualquier funcionario de alto rango, el mismo que repetía las amenazas del dictador. Ser vírgenes era el primer requisito para pertenecer al selecto grupo de las 40 amazonas.

Nadie se iba con las manos vacías de Trípoli. Eran tiempos de buenos negocios.




En el 2002, cuando las sanciones de la comunidad internacional se volvieron insoportables para la economía interna, él tuvo que admitir sus errores y confesar que, en efecto, colaboraba con tales grupos, en Angola, en Colombia, en Guatemala o Filipinas, porque era su deber "revolucionario estar contra los grupos de opresión.” Acto seguido prometió que "no habrá más bombas, no más actos de venganza o terrorismo en el mundo." Y el imperio con sus aliados, Europa entera recibió al hijo pródigo de nuevo en su regazo como un héroe. Comenzaron los abrazos con prominentes personajes del jet set mundial: Tony Blair, Putin...los negocios estaban en su mejor momento y nadie quiso estar fuera de ellos. Luego de su recuperación en el mercado, los dineros del petróleo libio iban a parar en empresas alemanas, italianas, en débiles o a un paso de quebrar industrias en Londres, y de ahí salían robustecidas.
¡Por qué estar lejos de un hombre, cuya cartera puede salvar cuántos negocios de la ruina! Para qué cuestionar si hay o no libertad de prensa en su nación, si hay sentencias con penas de muerte, mutilaciones, torturas, desaparecidos. Fosas comunes, donde yacen cientos de esqueletos sin nombre, fue moneda común entonces y hoy, poco a poco, se va descubriendo y volviendo a abrir viejas heridas en sus familias, conforme empiezan a perder el miedo y van señalando -uno a uno- a sus verdugos.
Huda Ben Amir es el mejor ejemplo de gente que agrada a gobiernos despóticos para perpetuarse en el poder, y de tales especímenes sobra también en nuestros lares. Cuando los rebeldes ingresaron en una de sus viviendas, hallaron muchas actas, en las que constan cientos de ejecuciones y negocios sucios, y no solo ello, sino también a la temible mujer. La que alguna vez decidía entre la vida o la muerte de ellos, uno de los personajes más poderosos e influyentes de Libia, temido y odiado -al mismo tiempo-, estaba en una esquina, temblando -como un perro faldero de frío- ante el vigor de la juventud.
La muerte de Sadek Hamed Al-Shuwehdye, en 1984, solo avivó la mecha de la rebelión. 25 años más tarde de aquella escena macabra –que aún vive en mi mente-, el pueblo libio consiguió perder el miedo y echó de una vez a su verdugo; el mismo que, humillado, va escondiéndose en el desierto, bajo sus innumerables Bunkers construidos para su seguridad. Hasta ahora.
Al final a estas líneas sólo cabe una reflexión: si lo que vemos hoy en Caracas, o en Quito, no es sino una repetición de ocurrido en Trípoli, hace cuarenta años, me pregunto entonces ¡dónde estamos los ecuatorianos! Frente a ello no puedo sino decir que el supuesto inventor del socialismo del siglo XXI, Heinz Dieterich, no es sino un farsante, porque el maestro de Chávez y "sus muchachos" en Sudamérica acaba de ser destronado allá, en Libia, por la misma juventud que fue adoctrinada para callar y obedecer.

 La admiración de Chávez a Gadafi ha sido frecuente. 

Nadie abandona a un amigo en desgracia.
   
1200 presos fueron asesinados por el ejército, en 1996, al protestar contra las condiciones de la prisión.  Nadie sabe dónde están sus cuerpos. Tampoco hay un registro de cuántos oponentes al régimen fueron torturados, dados de baja y sus cuerpos enterrados en fosas comunes, aunque las cárceles estaban llenas de líderes políticos.



 Destrucción en Libia del monumento dedicado al Libro Verde para la Revolución. Y como dice el bolero: Nada es para siempre.