Montag, 6. Mai 2013

Un saco de gatos (2)



-Los sesos del mono fue un plato de reyes y el cuerpo lo comía su corte. En esto no hay misterio, como tampoco en comer carne de culebra. -Wang Shang.

Texto de Rafael M. Arteaga.
Hay un refrán muy conocido en China: "Amor y negocios comienzan en el estómago". Un buen anfitrión aquí se esmera por ofrecer la mejor variedad de comidas a su amigo visitante; la cuestión es si éste lo disfruta o no.

Guangzhou, junto a Shanghái, son dos ciudades que se jactan de tener la mejor comida en China; pero cada provincia ostenta también su cocina local; unas con demasiado condimento (Sichuan), otras con picante, aunque, para un extranjero como yo, irresistible el sabor (Hunan, sitio donde nació Mao Tsé Tung). Cantón es conocida por sus platos con carnes de mono, serpiente, burro, gato, perro…y hoy, por la sopa de fetos; aunque no sólo aquí se ofrece el menú de modo discreto, sino también en Taiwán, Vietnam, al norte de Filipinas, lugares donde la población de origen chino ejerce gran influencia en la economía.

Con los vientos helados del norte, vinieron también las lluvias, pero a la multitud parecía no importarle; al fin de cuentas, el cuerpo se acostumbra rápido al cambio de estaciones. Vestidos con ropas adecuadas, hambrientos y curiosos por las novedades en tecnología y moda, los turistas del interior caminaban por las calles en busca de comida y diversión. Los restaurantes –inmensos complejos de cinco o más pisos- lucían llenos y frente a sus puertas asomaban largas filas de gente esperando turno. 

Yo propuse a Wang Shang que buscáramos algo de picar en los pequeños locales ubicados a cada paso en la inmensa avenida. Él estuvo de acuerdo. Yo me puse a la cola en un quisco que ofrecía ravioles de camarón, de cerdo con salsa agridulce, y mi amigo hizo lo mismo en otro con castañas. Luego de algunos minutos, cada cual con su orden, seguimos recorriendo la ciudad, disfrutando de estar libres del trabajo y de ser anónimos, comiendo en el camino, pues a esa hora era imposible obtener un sitio donde sentarse. El ruido de los parlantes ofreciendo sus mercancías, las muchachas bailando a la entrada de los centros de moda, las voces y gritos de la multitud me hacían pensar en las enjambres de pingüinos en el polo norte, unidos para procrearse; en las bandadas de aves que topan tierra para alimentarse en medio del viaje. 

Wang Shang, una vez que acabó sus castañas y bebió la lata de té con leche, me sorprendió con su pregunta:


-¿Tú acusas a mi pueblo de canibalismo?

-Yo no he dicho eso.- Respondí de inmediato, casi a gritos en medio de la multitud.

-Y, ¿qué hacen ustedes? He leído que algunas sectas de Austria, Alemania, incluso de Inglaterra, viajan a las zonas rurales de Tailandia, Camboya para, en complicidad con las facilidades del mercado y del internet, comprar un bebé recién nacido y, después de un rito satánico, comérselo, tal si fuera un bistec.

-He leído algo…- Contesté, mientras recordaba algunos artículos en la red que daban ciertas pistas sobre este asunto.

-¿Ustedes han olvidado que el canibalismo era frecuente en la Edad Media? Eran tiempos de hambruna y de descomposición social. Lo que se movía en y bajo el suelo terminaba en la olla. Perros, ratas, bestias de trabajo; hasta hoy se come gato en ciertas aldeas de Alemania, burro en Francia, caballo en Suiza y Austria.

-Sí.- Admití sus palabras. -En mi país, que para ustedes es occidente, se come caracoles, ranas, gusanos, escarabajos…Yo no digo si está bien o mal…Cada pueblo tiene sus costumbres.

-Ustedes oyen tales noticias y creen que nosotros somos lo peor…

-De ningún modo…

-Los sesos del mono fue un plato de imperial y el cuerpo lo comía su corte. En esto no hay misterio, como tampoco en comer carne de culebra. He leído que éste es un alimento común en los pueblos de la Amazonía y en Centroamérica.

Yo no mostré asombro. En Yantzatza, cuando fui profesor de escuela en la selva, de ello hace mucho, los aborígenes cazaban una especie de mono llamado Chongo. Lo pelaban al fuego con arbustos secos, igual que a un cerdo, y luego lo ponían a la brasa, sin entrañas y sin descuartizarlo. Su sabor era exquisito, pero la visión insoportable: sobre la mesa parecía un infante con el hocico abierto, los brazos cortos, aunque robustos, y sus manos hecho puño. En Loja sus habitantes comen burro. Yo conocí sus mataderos.

-Recuerdo la historia de un viajero alemán en tu país. Él se aventuró con su familia por el mercado del pueblo y en medio de la curiosidad que todo sitio nuevo despierta en nosotros, su hija rompió en llanto. Su padre preguntó la causa y ella respondió con angustia que su mascota estaba girando en las brasas.

-Es probable que se trate del cuy- Le dije. Willy, un amigo suizo que trabajaba para el gobierno ecuatoriano de los años 80, en un proyecto secreto (hasta hoy) de crear nuestra propia planta atómica, sueño húmedo que fue abortado más tarde ante la oposición de Estados Unidos,  Brasil y Argentina, me contó una anécdota: paseando él con su esposa por la feria de Pujilí, le llamó la atención un saco lleno de gatos. Él se acercó al campesino que los vendía, y éste, al ver la curiosidad de los turistas, ofreció  los cinco felinos pequeños junto a la madre en un solo lote; alzó uno de ellos para ponerlo en manos de Willy, mientras le decía: es bueno para comer. Su esposa no entendía una palabra en español, pero al oír la traducción, no pudo sino echar a reír. De todas maneras, ella compró uno. Ignoro si acabó en la chimenea del hogar…o en el estómago. 

- Las costumbres y creencias de un pueblo se reflejan en sus hábitos –de comida-. La serpiente en nuestro pueblo es considerada familia del dragón, el dios del poder y la justicia; por tanto, comer su carne significa para nosotros adquirir su energía; pero no siempre es alimento: su cuerpo y veneno tiene razones medicinales también. Igual ocurre con el tigre, el símbolo de la fortaleza y la astucia; pero al ser tan escaso en el mercado (confieso que hasta hoy no lo he probado), nos basta en el menú la carne aquel felino más pequeño.

Montag, 15. April 2013

Baby Soup (Parte I)

Hace poco salió en los medios una noticia que alarmó al mundo: en los restaurantes de China se ofrece un nuevo menú: Sopa de fetos. Justo por esos días yo viajaba en Changsha en compañía de mi colega de trabajo Wang Shang, y con él, mientras duró nuestro tiempo de hospedajes y comidas en cada pueblo, a manera de tour gastronómico, discutimos sobre la noticia. He aquí un acercamiento a las costumbres y mentalidad del pueblo chino. 

Texto de Rafael Marcelo Arteaga

 
Los feriados en China son tan extensos como su geografía, o su población. En el gráfico se puede apreciar a la gente en la estación del tren.

-¡Bienvenidos a Guangzhou! –Gritó eufórico Wang Shang en la puerta del tren. Luego de siete horas de viaje, sí que estamos ansiosos por volver a sus calles tras cinco años de ausencia. No nos sorprende, pues es común en China durante los últimos años, la construcción de nuevas urbanizaciones, edificios de treinta y cuarenta plantas con lujosos centros comerciales, amplias avenidas, parques con grandes áreas verdes, escuelas, cuarteles de policía: ciudades enteras a donde se mudarán cerca de 70 mil  emigrantes (por ciudadela), hijos de la nueva economía china tras el sueño de volverse ricos; y no una, sino varias a la vez que brotan cada año, como hongos luego de una tarde de lluvia. Nos sorprendió (a mí por lo menos) la multitud movilizándose durante el feriado.  

-Este es el centro de la buena comida-. Dijo Wang Shang, señalando a los pequeños restaurantes ubicados a la salida y alrededores de la estación del tren. 

-¿Qué opciones tenemos para comer aquí? -Le pregunté, dejándome guiar por él en medio del laberinto de cuerpos buscando el camino para salir o volver a refugiarse en sus pequeños universos.

-¡Todas! -Me contestó. Y entre apretujones y gritos nos fuimos abriendo paso por la multitud, hasta seguir un callejón que nos condujo al Baiyun City Hotel. La reserva estaba lista; así que, ni bien nos registramos, dejamos el equipaje en la morada y salimos de inmediato a caminar. ¡Sí que teníamos hambre!
De pronto cruzó por mi mente, si entre este aluvión de personas, como nubes de termitas, o de langostas que devoran los cultivos a su paso, ¡habrá un poco de comida para nosotros! Los feriados en China son tan extensos como su geografía, o su población. Y esta vez fueron diez días de vacaciones al conmemorarse otro aniversario del ingreso del mítico Mao Tsé Tung a Pekín con su ejército revolucionario (campesinos descalzos y muertos de hambre) para imponer un nuevo sistema social: el comunismo; aunque de ello sólo queden hoy sus manifiestos y la economía haya seguido un rumbo diferente.   

Camino al restaurante, se me ocurrió decir:
-Y ¿qué me dices de la sopa de bebé?
-Veo que también has leído esa noticia en la prensa–. Contestó de inmediato, casi sorprendido.  
-Sí…-. Alcancé a balbucear. Pero él insistió:
-No es como dicen allí. El menú no hay todos los días y, además, la única ciudad china en ofrecerlo es Guangdong. La sola idea de comer humanos es desagradable en cualquier sitio, incluso si se trata de la sopa de fetos; pero los niños de ningún modo son matados en el vientre, ni hay una fábrica de madres embarazadas esperando vender a sus hijos. Son abortos no inducidos los que acaban en la olla, y no todos los chinos piden esa sopa. 

-En occidente hay tantas cosas que se comen y nadie aquí se admira. El mundo mismo está lleno de platos que, si alguien –en la reunión familiar- lo pudiera decir (hay tantos libros dedicados a ello), acabaríamos tapando nuestras bocas, antes de ir a vomitar en el baño. Comer escorpiones o lagartijas fue algo normal en épocas de hambruna. Y la historia del hombre es de hambre y opulencia. 

-Piensa en las condiciones de vida de nuestra gente hace mil, tres mil años, o más. Hubo épocas en que las sequias y las plagas asolaban nuestros campos, que muchos campesinos, poblaciones enteras desaparecían bajo el hambre; algo inimaginable en las generaciones de hoy, acostumbradas a tener la barriga llena y a desperdiciar comida. ¿No has visto en los restaurantes, inclusive en tu hogar, cuánta comida sobra en las mesas? Más del 50% de la producción alimenticia mundial se echa a la basura. La sociedad moderna está acostumbrada a creer que el hambre ocurre lejos de nuestras casas y ciudades, en un lugar caluroso y desolado llamado África. 

Wang Shang guardó silencio, para asegurarse si yo seguía atento su discurso. Las calles y tiendas a esa hora -19:30- desbordaban de gente. Las luces de los rótulos hacían más placentera la visión de la ciudad a los ojos del viajero. 

-Y aún allí, -siguió hablando- en nuestros tiempos, como hace miles de años, la gente va a los campos estériles a levantar las piedras para lamer el musgo que crece bajo ellas, o a alzar los troncos de los árboles buscando larvas y hormigas en el suelo. Lo que puedes meter a la boca a la hora del hambre es delicioso. Y lo que empezó como una necesidad, de a poco, se fue volviendo una costumbre. 

-El primer aprieto de la humanidad es cómo llenar la barriga.- Interrumpí yo, creyendo haber inventado una frase solemne; mas él siguió hablando, sin tomar en cuenta mis palabras:

-Así sobrevivieron nuestros antepasados y, con el tiempo, fuimos añadiendo nuevos alimentos –si tú lo quieres oír mejor: nuevos animales-al menú. Los cocineros, que en nuestra cultura fueron –y son- varones, iban mezclando, añadiendo condimentos, frutos de diferentes regiones y estaciones, hasta lograr la sazón que hoy conocemos y, que nuestros hijos la irán ajustando de acuerdo a las exigencias de su tiempo; además, no olvides que China fue un vasto imperio  y ¡cómo no combinar los frutos de tantas regiones!

Sonntag, 24. Februar 2013

El Libro



De: Cartas a un Joven Poeta
de Rafael Marcelo Arteaga. Atacames 2013.


Vuelve a tus maestros y escribe
con enfado, con rabia,
sin pedir nada a cambio,
sin reclamos contra nadie:
ese es el secreto de la escritura.
No te esfuerces
por conseguir un nombre,
que es lo de menos en nuestros tiempos.
No te alegres con una coma,
con cerrar paréntesis;
añade tu estrofa,
un verso,
-por simple que sea-
en la página del gran libro
que todos a lo largo de la humanidad
vamos escribiendo,
y que da lo mismo decir
Shakespeare, Proust, o Kavafis.

Si nada tienes que hablar
calla, entonces;
piensa que a lo mejor
estás con el oficio equivocado
y hay un ejecutivo en ti,
un gran empresario
que lo que roza su mano
se convierte en oro.
O un político
(no necesitas ser inteligente,
solo perverso y brutal),
un cantante,
artista de cine;
pero, por favor, no te arrimes
a la escritura para buscar
gloria o riquezas,
porque ella nada puede darte,
si no es la satisfacción
de haber escrito un libro.