-Los
sesos del mono fue un plato de reyes y el cuerpo lo comía su corte. En
esto no hay misterio, como tampoco en comer carne de culebra. -Wang Shang.
Texto de Rafael M. Arteaga.
Hay un refrán muy conocido en China: "Amor y negocios comienzan en el
estómago". Un buen anfitrión aquí se esmera por ofrecer la mejor variedad
de comidas a su amigo visitante; la cuestión es si éste lo disfruta o no.
Guangzhou,
junto a Shanghái, son dos ciudades que se jactan de tener la mejor comida en China;
pero cada provincia ostenta también su cocina local; unas con demasiado condimento
(Sichuan), otras con picante, aunque, para un extranjero como yo, irresistible
el sabor (Hunan, sitio donde nació Mao Tsé Tung). Cantón es conocida por sus
platos con carnes de mono, serpiente, burro, gato, perro…y hoy, por la sopa de
fetos; aunque no sólo aquí se ofrece el menú de modo discreto, sino también en
Taiwán, Vietnam, al norte de Filipinas, lugares donde la población de origen
chino ejerce gran influencia en la economía.
Con los
vientos helados del norte, vinieron también las lluvias, pero a la multitud
parecía no importarle; al fin de cuentas, el cuerpo se acostumbra rápido
al cambio de estaciones. Vestidos con ropas adecuadas, hambrientos y curiosos por
las novedades en tecnología y moda, los turistas del interior caminaban por las calles en busca de
comida y diversión. Los restaurantes –inmensos complejos de cinco o más pisos- lucían
llenos y frente a sus puertas asomaban largas filas de gente esperando turno.
Yo propuse
a Wang Shang que buscáramos algo de picar en los pequeños locales ubicados a
cada paso en la inmensa avenida. Él estuvo de acuerdo. Yo me puse a la cola en
un quisco que ofrecía ravioles de camarón, de cerdo con salsa agridulce, y mi
amigo hizo lo mismo en otro con castañas. Luego de algunos minutos, cada cual
con su orden, seguimos recorriendo la ciudad, disfrutando de estar libres del
trabajo y de ser anónimos, comiendo en el camino, pues a esa hora era imposible
obtener un sitio donde sentarse. El ruido de los parlantes ofreciendo sus
mercancías, las muchachas bailando a la entrada de los centros de moda, las voces
y gritos de la multitud me hacían pensar en las enjambres de pingüinos en el
polo norte, unidos para procrearse; en las bandadas de aves que topan tierra
para alimentarse en medio del viaje.
Wang
Shang, una vez que acabó sus castañas y bebió la lata de té con leche, me
sorprendió con su pregunta:
-¿Tú acusas a mi pueblo de canibalismo?
-Yo no
he dicho eso.- Respondí de inmediato, casi a gritos en medio de la multitud.
-Y,
¿qué hacen ustedes? He leído que algunas sectas de Austria, Alemania, incluso
de Inglaterra, viajan a las zonas rurales de Tailandia, Camboya para, en
complicidad con las facilidades del mercado y del internet, comprar un bebé
recién nacido y, después de un rito satánico, comérselo, tal si fuera un
bistec.
-He
leído algo…- Contesté, mientras recordaba algunos artículos en la red que daban
ciertas pistas sobre este asunto.
-¿Ustedes
han olvidado que el canibalismo era frecuente en la Edad Media? Eran tiempos de
hambruna y de descomposición social. Lo que se movía en y bajo el suelo
terminaba en la olla. Perros, ratas, bestias de trabajo; hasta hoy se come gato
en ciertas aldeas de Alemania, burro en Francia, caballo en Suiza y Austria.
-Sí.- Admití sus palabras. -En mi país, que para ustedes es occidente, se come
caracoles, ranas, gusanos, escarabajos…Yo no digo si está bien o mal…Cada
pueblo tiene sus costumbres.
-Ustedes
oyen tales noticias y creen que nosotros somos lo peor…
-De
ningún modo…
-Los
sesos del mono fue un plato de imperial y el cuerpo lo comía su corte. En
esto no hay misterio, como tampoco en comer carne de culebra. He leído que éste
es un alimento común en los pueblos de la Amazonía y en Centroamérica.
Yo no
mostré asombro. En Yantzatza, cuando fui profesor de escuela en la selva, de
ello hace mucho, los aborígenes cazaban una especie de mono llamado Chongo. Lo
pelaban al fuego con arbustos secos, igual que a un cerdo, y luego lo ponían a
la brasa, sin entrañas y sin descuartizarlo. Su sabor era exquisito,
pero la visión insoportable: sobre la mesa parecía un infante con el hocico
abierto, los brazos cortos, aunque robustos, y sus manos hecho puño. En Loja
sus habitantes comen burro. Yo conocí sus mataderos.
-Recuerdo
la historia de un viajero alemán en tu país. Él se aventuró con su familia por
el mercado del pueblo y en medio de la curiosidad que todo sitio nuevo
despierta en nosotros, su hija rompió en llanto. Su padre preguntó la causa y
ella respondió con angustia que su mascota estaba girando en las brasas.
-Es probable
que se trate del cuy- Le dije. Willy, un amigo suizo que trabajaba para el
gobierno ecuatoriano de los años 80, en un proyecto secreto (hasta hoy) de
crear nuestra propia planta atómica, sueño húmedo que fue abortado más tarde
ante la oposición de Estados Unidos,
Brasil y Argentina, me contó una anécdota: paseando él con su esposa por
la feria de Pujilí, le llamó la atención un saco lleno de gatos. Él se acercó
al campesino que los vendía, y éste, al ver la curiosidad de los turistas, ofreció los cinco felinos pequeños junto a la madre
en un solo lote; alzó uno de ellos para ponerlo en manos de Willy, mientras le
decía: es bueno para comer. Su esposa no entendía una palabra en español, pero
al oír la traducción, no pudo sino echar a reír. De todas maneras, ella compró
uno. Ignoro si acabó en la chimenea del hogar…o en el estómago.
- Las
costumbres y creencias de un pueblo se reflejan en sus hábitos –de comida-. La
serpiente en nuestro pueblo es considerada familia del dragón, el dios del
poder y la justicia; por tanto, comer su carne significa para nosotros adquirir
su energía; pero no siempre es alimento: su cuerpo y veneno tiene razones
medicinales también. Igual ocurre con el tigre, el símbolo de la fortaleza y la
astucia; pero al ser tan escaso en el mercado (confieso que hasta hoy no lo he
probado), nos basta en el menú la carne aquel felino más pequeño.



