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Freitag, 24. Februar 2012

LOS LIBROS



De Rafael M. Arteaga, del libro Amores Estériles. 
Quito, 2007. Primera Edición.

Jóvenes de las brigadas nazis quemando libros en Salzburg, Austria, en abril de 1938.


Registran la cochera, los sótanos,
se ponen guantes de cabra y husmean 
con sus perros tras el espejo, bajo las camas,
en la letrina con sus papeles sucios;
mientras afuera la multitud, apiñada en su propia creencia,
a veces destruida por largas formaciones de soldados
y a veces ayudando al verdugo, se detiene
a un lado del camino para dar paso a los coches
con montañas de libros hasta la plaza;
los contempla, igual que cabezas cortadas
sobre la punta de una lanza:
entonces grita, profana,
suenan disparos en el aire,
entona himnos nacionales.

Las hojas envueltas en llamas
chamuscan a sus autores,
junto a médicos, sabios
y otros sospechosos de conspiración,
cuyos lamentos son inútiles,
como las lágrimas de un buey
en manos del carnicero. 

Donnerstag, 14. April 2011

OJOS EN LA ARENA (Parte 3)


Tomado del libro Amores Estériles, de Rafael Marcelo Arteaga, Rammar Editores, Quito-2004. 

 

Cuando rasgué mis ojos, ella ya no estaba conmigo. Qué extraños designios tiene la vida y qué complejo es el recuerdo; su hija nunca sabrá de mis labios que vino al mundo del vientre de su hermana.

Y nuestras miradas se cruzaron de pronto, pensando si valió la pena haber hecho un viaje tan largo para encontrarnos con un vagabundo en las calles narrando su historia a cambio de pan. ¿Debimos gravar aquel día sus confesiones -yo me pregunto inclusive hoy- para aumentar el expediente, sin cerrarse debido a la imposibilidad de saber quiénes más estuvieron tras el hecho de sangre con el que los periódicos llenaron de terror la ciudad durante varias semanas?

Aquel tiempo no pudimos comprender, y me temo que hasta hoy, los motivos, dentro de nuestra lógica urbana, que llevaron al hombre a cometer tal acción, a fin de nosotros poder elaborar un informe sustentable con el que los miembros del tribunal hubieran podido asumir un juzgamiento del caso, pese a reunir algunas evidencias físicas en casa del autor y, con ellas, formular hipótesis sobre las causas del crimen y, una a una descartarlas, conforme entrábamos en un callejón del que ya nadie nos ayudaría a salir con una respuesta que ligara -al menos- los hilos de la acción con la psicología del autor.

De regreso a la oficina, luego de abandonar al ciego, nos preguntábamos en el camino si alguien en la ciudad iba a creer nuestra versión reciente, tomando en cuenta que los medios de la época ya inventaron y, como es usual en ellos, hasta juzgaron sus historias. Nadie está obligado a admitir nada; es más, ¿qué sentido tendría hoy retomar el caso luego de muchos años, cuando éste carece del encanto de la sangre que un crimen fresco provoca en la rutina del lector? Por cierto que a los periódicos no les conviene.

El sospechoso fue detenido en su casa, luego de recibir una advertencia anónima (con voz femenina). Al inspeccionar las habitaciones se encontró en una gaveta del escritorio la cabeza en descomposición de una mujer. El acusado, según reza el parte, no puso resistencia, más bien guardó silencio y nadie en adelante lograría sacarle una palabra, ni siquiera nosotros cuando asumimos las investigaciones. Sus ojos tampoco reflejaban alguna señal que podría interpretarse como confesión de culpa o remordimiento y así permaneció durante el proceso, inclusive al ser dictada su sentencia. La presión ciudadana a través de los medios tuvo mucho que ver en la celeridad con la que los jueces asumieron y trataron el caso. El culpable, al día siguiente de ingresar a prisión, amaneció ciego. Siempre hay un tipo en el barrio -el más cándido y gentil de todos- que mata a su madre, esconde el cuerpo en el jardín de la casa y luego se refugia en la inmovilidad de una oficina.

El hecho ocurrió hace mucho tiempo, que tal vez ya nadie lo recuerde; sin embargo, el expediente -y en éste el espacio para los posibles cómplices y/o encubridores- aún estaba abierto. El sujeto que estranguló a una mujer de 38 años y repartió su cadáver en pedazos durante varios días por la ciudad, purgó su condena en prisión un tiempo relativamente corto, aunque su sentencia fue mayor, gracias a la suavidad de nuestras leyes -dedicadas a favorecer al delincuente-, al dócil comportamiento del mismo y, sobre todo, creo que esto pesó más en la decisión del tribunal al revisar su expediente, a su disminución física, provocada o no, pero el reo estaba ciego y ello no era purgar una sentencia, sino que se convirtió en una persona difícil de manejar para los empleados de la prisión: el hombre salió libre y luego desapareció en los callejones de esta ciudad, sin que nosotros volviéramos a interesarnos o a saber algo de él; hasta que un llamado de la fiscalía nos ordenó retomar las investigaciones antes de archivar  -espero de manera definitiva- el caso. 

En cuanto a los posibles implicados en el crimen, yo sugerí a mi compañero de investigaciones no añadir una línea más al primer informe entregado años atrás, (previo al juzgamiento del acusado), sino mejor, ratificarnos en lo expuesto entonces; con lo que él estuvo de acuerdo. A fin de cuentas nosotros cumplimos el deber, y que la justicia haga lo suyo.

-No puedo ver aquello que conviene a los mortales -siguió hablando el anciano, mientras nosotros, que ya habíamos desconectado la grabadora, tampoco pusimos empeño en marcharnos.

Hombre de poca memoria,
mira lo que has hecho por ti,
tu nombre no da embajadas,
pensiones o cátedras,
pero tienes la palabra; allí está Homero,
el viejo Whitman, Vallejo,
-un toro herido ante el matador;
no profanes su memoria
llenando el mundo de poemitas
convencido de la trascendencia mágica de tu voz.

Si preguntan si eres príncipe o legislador
al verte rodeado por una corte de mendigos,
diles que bajo el abrigo tu cola de puerco
agita la hoguera del último día de la creación.
Dales un vino amargo para que sientan un fuego
espantoso en las entrañas y ellos sabrán
-al fin- que hasta Pound fue suficiente.


*
*  *  *

Los maestros se ponen de pie cuando entra el genio,
le señalan tímidamente su silla en el cenáculo
                                           /de los inmortales.
Era el momento de hablar:

     Aquí reposa uno, cuyo nombre
     fue escrito en la arena,
     gato de piel morena
     sin bigote que nos asombre.

     Dormía en los libros, feliz
     junto a la hoguera,
     disfrutaba en luna llena 
     las felinas y el anís.

     La abuela le daba leche
     le rascaba la cabeza
     y él, sobre la mesa,
     lamía los dedos de Meche.


*
*  *  *

Te has quedado solo, me repiten en coro las moscas, desde los platos sucios de la comida. He aquí nuestro consejo: como esas ratas de alcantarilla que, en cuanto agarran bocado, se sumergen en las heces y no vuelven a aparecer sino hasta que el hambre las despierta, golpea y sumérgete de nuevo; y así, hasta el infinito. Ese es todo el secreto de vivir.

Mira a esos cuervos que entre latas oxidadas, restos de comida y más menudencias desechas por tu estómago lleno, picotean las cuencas vacías de ese cráneo, empeñados en hallar carne, mientras más descompuesta, más apetitosa: este es tu oficio. Picotea, picotea, picotea y, luego, deja que sus huesos se descompongan en paz.

*
*  *  *

-En Julio las noches son más densas, aunque breves -nos confesó el anciano, muy débil, el último verano que estuvimos juntos-. Los moribundos no tienen fuerzas para asistir al nacimiento del día y eligen el sueño. Nunca quemé un muñeco en año viejo para merecer mejor fortuna; debo marcharme antes de que la tierra me llame, la única posibilidad de fuga vino del mar, pero yo estaba dormido.

-Confórmate ahora con despedir a los viajeros -. Le sugerimos. - Nadie quiere vagar con su esqueleto desnudo, así que vístelo y ponte de nuevo en camino.

Y él se dirigió a nosotros así:
En las cosas me ceñiste de rey
sobre la tierra me diste poder,
escucha ahora mi voz:
es tiempo de apagar el despertador,
cuyo dueño no lo escuchará más.

*
*  *  *

-¡Qué te falta! - Preguntó el mendigo a la niña. (Sus carnes blancuzcas cayéndosele en pedazos, agitaban aún la llama del deseo).

-Mi padre - contestó ella. - El hombre con quien yo podía hablar es ahora pasto de los cuervos. Él me enseñó a matar gatos, por ejemplo, y otros juegos que las niñas de hoy practican para vencer la timidez.

Dejaron las cloacas y se dirigieron al centro de la ciudad, buscando una esquina para mendigar. Un perro sarnoso les seguía atrás, feliz con el nuevo día y con sus huesos.

*
*  *  *

Mi compañero de investigaciones se retiró del trabajo luego de morir el ciego y abrió con su hijo una panadería en un barrio alejado -aunque próspero- de Quito. En cambio yo, no sólo que perdí mucho pelo, sino también años de juventud sumergido en archivos, comprobación de evidencias y comida china. Algo me sujetaba al oficio, no necesariamente la sangre de la crónica roja.

A su hija primera volví a encontrarla
en Nueva York, luego de muchos años.
Si era bella aún, cómo saberlo
si uno también ha envejecido.
Mientras caminábamos yo dije:
-tu padre ya no es de aquí.
Ella me miró fijamente.
Llevaba un perrito de lanas en brazos;
al verme en el umbral de su casa
intentó cerrar la puerta
pero la soledad enmudeció su frágil figura.
               

Donnerstag, 31. März 2011

OJOS EN LA ARENA (Parte 1)


Tomado del libro: Amores Estériles, de Rafael M. Arteaga, Ramaar Editores, Quito 2004.           
      
         «Krank? Sie sagen, er ist krank? und ging fast drohend,
           als sei der Herr die Krankheit, auf ihn zu».
                                       
Franz Kafka


En julio el sol se alarga sobre la alfombra,
se nos cuela entre los dedos y el café,
hablando minuciosamente de la vida,
después de todo, echada a la suerte del reloj,
como una bola de trapo en el césped,
que a veces necesita un puntapié para seguir rodando.

– Estas son mis palabras, incapaces de ser otra cosa – comenzó el anciano, – aquí está el libro, cuyo final abierto no deja dudas de la impotencia del creador al enfrentar su obra cuando ésta se le escapa entre el humo del cigarrillo y el dolor de cabeza.

Siento la luz detrás de la puerta,
mas no me atrevo a abrir;
el tiempo imprime su lejanía
y las cenizas no guardan
el recuerdo del fruto o la flor.
¿Recuerdas el lenguaje de tus dioses?
Tu pueblo tiene la costumbre de olvidar todo.

Un dios asexuado con cabeza de dragón y extremidades de niño, medita con la navaja en sus manos: ¿Cortaré su esbelto cuello? ¿Mojaré mis labios con su sangre espumosa como chocolate caliente? Bastante tuvo con nacer, sentenció en mis sueños. De ti no quedará nada, las migajas sobre la mesa y la suciedad de las uñas son todo tu equipaje.

Y yo contesté a la esfinge: no me interesa si hay otros basureros en el mundo, éste es un sitio para ser felices. Cambié entonces la posición de las cartas, las fichas del tablero, el reloj, el horizonte de sucesos en un libro; mas, luego me di cuenta que no hay palabras o números para descifrar las pocilgas de los otros, porque cada pueblo escribe su libro.
 
- ¡Llega de una vez y libérame! - Imploré entonces al dios en las tinieblas, - Busca con su filo mi corazón, mis intestinos viscosos, donde guardo y digiero toda la inmundicia. Y así hasta la vida -. Entonces habló él:

- No cierres los ojos. En vano esperan los gusanos el primer manojo de tierra para acercarse a tu cuerpo, pero no morirás mañana, sino hoy, siempre hoy. Yo, el pastor de ciegos, te ordeno: levántate, toma tu camilla y ve a cualquier parte, cruza de nuevo esos túneles llenos de silencio, donde dejaste la piel y el alma, sin que sus paredes recuerden a nadie, sin nostalgia por lo conseguido o lo desechado bajo la luz simple del día, y que cuando pienses en ello no haya en tu sonrisa huellas de tristeza o compasión, sino sarcasmo e ironía: la ironía del tiempo al ver tu cara en el espejo.

No has perdido la juventud, te has perdido tú. Nadie espera al final de la estación, y tampoco valdría la pena detener a alguien su camino por ti. Estás solo y nadie te ayudará a salir de estas paredes más que tus pies o tu corazón.

Pero no hay regreso.


*
*  *  *

Aquel día volvimos a encontrarnos los tres. Era un rey viejo, despreciado y carente de poder, que disputaba a los perros y mendigos un mendrugo de pan; al sol lo reconocía en su piel, igual que a la noche -por el frío.

– Abre el libro sobre la mesa –. Le ordenamos. Él se acercó, lo tomó en sus manos, lo hojeó varias veces y luego nos dijo:

– No es el mismo que escribí, ni con el que soñé anoche –. Nos sentamos entonces a escuchar su historia.


*
*  *  *

- Aún guardo en mí el dulce encanto de sus ojos -. Comenzó a hablar el ciego, sentado sobre unos sacos con ropa sucia. - No sé que hace ella al otro lado del mundo, vivo apenas hasta cuando me cuentan sus cartas. ¿No han leído en los periódicos cómo bajan los niveles de inversión? ¿Por qué no modifican la estructura del encaje bancario para enfrentar la iliquidez? -. Era su manera de sorprendernos, rascando la piel enrojecida con delicada repugnancia. Sus ropas, tendidas – lo mismo que un muerto – al pie de la cama, esperaban otra oportunidad.

- ¿Cuánto pesa en ti los grandes autores del mercado literario, los que desaparecen sin enterarse nadie que alguna vez escribieron un libro, aquellas montañas de leche y mantequilla flotando en el río para mantener los precios del mercado, los mensajes en las paredes de los baños públicos, los acuerdos de importancia suma en los salones de la ONU, la euforia neoliberal con sus cementerios de chatarra? ¿Qué significan tus palabras frente al tiempo?

– Escondido tras esos lentes oscuros – nos atrevimos a interrumpirle – ¿con qué ojos miras al mundo?

– Soy uno de los que ven a Dios,
guía de los muertos en el más allá.
En el día de la gran decisión
no servirán tus creencias ni tus palabras,
por eso te separo de ellos y espero.
Mira, ellos también esperan.

– Fueron épocas de hambruna –. Volvió su rostro a nosotros, mientras limpiaba con sus dedos arácnidos sobre las cuencas vacías de los ojos.

– Aferrado a un pedazo de vida, con cualquier cosa estuve satisfecho. Alimenté cuervos para que busquen carroña por mí, pude provocar un incendio y ofrecí – apenas – una chispa.

Papé Satán, papé Satán, alepé, alepé!
Abandonado en una isla desierta,
no necesito que me rescaten
hasta tener algo nuevo que decir al mundo.

Luego, a un paso del sueño, balbuceaba:
 
Me siento tan a gusto con estos vestidos, soy completamente nuevo y tengo algo de frío...ahhh! ¿Pero cómo dejas tu saliva en los huesos de ella? ¿Es que no puedo confiar en ti cuando duermen los demás? ¡Fuera!

– ¡Padre, no maltrates al perro, que él también participa de tu destino! – Le gritó una niña de 13 años que sacaba al anciano a despulgarse con el sol de la mañana.

– La corriente me lleva. Mírala llena de heces y preservativos, de guantes que la noche anterior mataron a sus dueños y ahora buscan otras manos. Yo me acomodo en mi cama, escucho los gritos al cielo de mis vecinos, los insultos a sus mujeres; ciertos recuerdos empañados con la edad entorpecen el buen humor del fin de semana. ¿Y para qué? ¿No basta con echar las cartas al fuego y, antes de apagar la luz, dar una hojeada breve pero sustancial a tu novela preferida?

– Vendrán tiempos mejores, lo sé.
Habrá nuevas posibilidades de inversión
y nada aquí se puede comparar con ello.

– ¿Por qué esa tristeza? – Le averiguamos, al verle postrado junto a una esquina de su habitación, – ¿no has dicho que eres inmortal?

– No puedo vivir con la idea de ser un parásito. ¿Cómo cubro mi esqueleto con prendas innecesarias, lo alimento y no puedo agitar el fuego en esta masa inerte?

– Eres un tonto, ¿ves? Ocúpate de la sopa y ¡basta! – Volvió a gritarle la niña, mientras tomaba sus trapos para salir a la calle. Nosotros vimos su sombra perderse tras la puerta; el anciano en cambio guardó silencio para sentir los pasos de ella en la calzada y sólo cuando tuvo la certeza de que se había alejado lo suficiente, volvió a conversar con nosotros.


Donnerstag, 17. Juli 2008

LOS LIBROS

Tomado de: Amores estériles, primera edición 2004, Quito, de Rafael M. Arteaga.

Librería abandonada en Rusia, cuya imagen me parece una cárcel de libros.


LOS LIBROS


Registran la cochera, los sótanos,
se ponen guantes de cabra y husmean
con sus perros tras el espejo, las camas,
en la letrina con sus papeles sucios.

Y la multitud, apiñada en su propia creencia,
a veces destruida por largas formaciones de soldados
y a veces ayudando al verdugo, se detiene
a un lado de la camino para dar paso a los coches
con montañas de libros hasta la plaza;
los contempla, igual que cabezas cortadas
sobre la punta de una lanza:
entonces grita, profana,
suenan disparos en el aire,
entona himnos nacionales.

Las hojas envueltas en llamas
chamuscan a sus autores,
junto a médicos, sabios y otros sospechosos,
cuyos lamentos son inútiles,
como las lágrimas de un buey
en manos del carnicero.


LOS PREMIOS


A un escritor francés, laureado con el premio literario
más importante de Europa de post-guerra
– luego de varios intentos y bajo algunos seudónimos –,
le preguntó un estudiante: ¿Cuánta falta le hace a un buen libro
los elogios en los medios con un cheque en la mano
los brindis, los autógrafos, las fotos en las páginas sociales
junto a una mujer esbelta?

Él respondió, que luego de satisfacer esa vanidad,
deseaba -al fin- escribir, agarrar a sus fantasmas por el cuello
y entrar a la arena, cada cual con sus armas,
en un duelo a muerte que provocan las palabras,
hasta ver quien queda en pie, o quien se suicida.
Y en ese intento desapareció.

Pronto sus lectores cambiaron el libro premiado,
del sitio de privilegio en la sala, a la biblioteca,
que elogia o empobrece el estilo de sus dueños.

Samstag, 28. Juli 2007

LA MUERTE Y EL POETA

Del libro Amores Estériles, (2004) de Rafael M. Arteaga
Con fotografías de Daniela Edburg



La muerte más ácida

Imágenes aparentemente idílicas que esconden una sorpresa mortal.
De vuelta al hogar, el sábado por la madrugada, descubrí un automóvil fuera de la carretera, con sus pasajeros adentro cubiertos de sangre, y junto a ellos de pie, ceremoniosa, igual que un policía al extender la boleta a un infractor, estaba la muerte, borrando los nombres del libro que siempre lleva en sus viajes. Nadie más estaba con nosotros, así que decidí hablar.
– No te ensañes con ellos – protesté, sin acercarme del todo y tratando de medir el tono de mi voz – que nosotros estamos de paso, mientras tú permaneces aquí –. Y ella se puso a gemir como un niño sorprendido en falta, me dijo que lo sentía mucho, pero nada tuve que ver con el accidente. Yo iba de paso al hospital de un pueblo cercano, a un parto donde la madre o su hijo debían acompañarme y jamás me habría detenido en este lugar sino fuera porque un automóvil a exceso de velocidad, en medio de la neblina, atrajo mi atención; yo avancé a prisa para ver quienes iban adentro y comprobé que los tres ocupantes estaban ebrios. Yo ignoraba algo de esta cita, (lo del nacimiento estuvo marcado mucho antes, mas al encontrarnos aquí, decidí averiguar si alguno de ellos debía acompañarme esa noche. Por un momento pensé ¡te juro por mis huesos! ignorar la situación e ir con tiempo al hospital, pero al hojear el cuaderno, oí el chirrido de los neumáticos sobre el pavimento y yo supe de inmediato lo que vendría: el conductor perdió el dominio del volante y el vehículo zigzagueante salió de la carretera. Cuando encontré los nombres de los muchachos en la lista, el automóvil se había precipitado contra el árbol; yo me acerqué, sin embargo, no para llevarme a alguien, sino para averiguar qué sucedió con ellos y fue solo para comprobar ¡que los tres se me habían adelantado! En éste caso yo no hice más que borrar sus nombres del libro.

La muerte más ácida

Galletas de chocolate rellenas de crema. Mortales.
Concluyó solemne, mirándome de los pies a la cabeza frente a las luces de mi auto. Yo cerré de inmediato la chaqueta y recogí los brazos en mi cuerpo; decidí alejarme pronto de ella, mas al dar el primer paso, escuché un gemido o algo similar que salía desde el interior del coche, y hasta me pareció – observando fijamente allí – que uno de los cuerpos se movía. Me acerqué a prisa dispuesto a ayudar, tomé la mano (tibia aún) del que estaba más cerca y medí el pulso.
– Es tarde – Me advirtió ella, escondiendo su voz bajo la manta negra que le cubría. – Fue una bocanada de aire comprimido, nada más –. En efecto, uno de los cuerpos que, (ninguno tenía el cinturón de seguridad) tras el golpe debió haberse estampado contra el panel de mando, volvía lentamente atrás y, ya sin control, se deslizaba hacia un costado del asiento. Yo intenté abrir la puerta al instante, pero al tomar la manija, mi mano rozó con un pedazo de vidrio, brotando de ella en seguida una línea rojiza que poco a poco fue haciéndose más grande, hasta caer en el suelo.



La muerte más ácida

Si una muere porque su secador atrapa sus cabellos fatalmente, ¿se está suicidando o es víctima inconsciente de un trágico y romántico accidente contemporáneo?.

Mis piernas flaquearon. La muerte comenzó a aullar a mi alrededor, suplicando que extienda el brazo para lamer mi herida. Yo demostré serenidad, hice la venia del actor en el escenario para volver a mi auto, probé la máquina y, mientras acomodaba el visor de la puerta descubrí ¡que ella estaba junto a mí!
– Yo no tuve nada que ver con esto – insistió, – no me culpes ni te lleves una mala impresión de mí.
– ¿Puedo irme? – Interrumpí enfadado al verle tan cómoda en el asiento que usualmente va mi mujer.
– Soy tu compañera – trató de persuadirme, – y nunca te abandono –. Yo, en cambio, comencé a acelerar. Las sombras acogieron con interés el rugido del motor.
– Hey – me distrajo del volante, – ¿y cuándo quieres que pase por ti?
– Mi observación es seria – aclaré de inmediato, animado quizá por la certeza de que esa noche no sería la última para mí; frente a ella, sin embargo, debí fingir mi mayor melancolía. Acepté que mis padres estaban viejos, mi cabeza lucía calva, pero de ningún modo, le aclaré en seguida, yo iba a servirle de chofer la noche entera. Detuve el automóvil y la invité – muy amable – a bajarse de él.
– ¿Puedes llevarme siquiera hasta el hospital? – Imploró, resignada, al ver mi cambio de actitud. – Vamos en igual dirección, ¿verdad? Te aseguro – añadió casi sumisa – que en cuanto pasemos por allí, ¡yo misma bajaré de este cacharro! No puse objeción y tampoco tenía alternativa. Cambié de marcha y aceleré a fondo otra vez.
Avanzamos en silencio varios kilómetros, sin que ninguno de los dos dijera algo. Dejamos atrás, una a una, las luces de las lámparas al borde de la carretera. La neblina se volvió más densa cerca del amanecer. Fue un viaje interminable, hasta que ella rompió nuestro silencio; alzó su manta y me mostró el libro.
– Aquí constan – se dirigió a mí – los días de tu vida. Y lo golpeó con fuera varias en sus huesos. Yo le pedí, sin descuidar el volante, que me permita dar un vistazo en él, pues era mi derecho si mi nombre estaba allí.

La muerte más ácida

Una de las fotografías de la artista, que ironiza y bromea sobre algo tan trascendental y cercano como la muerte.

– ¿Qué te parece – habló de nuevo con entusiasmo, luego de una farra y en tus venas hay más licor que sangre, cruzas la calle...?
– Esas cosas – le advertí – me asustan demasiado.
– En navidad, la época más dulce del año, ingieres un cóctel de diablillos...
– Tampoco – le interrumpí de mal humor – porque ello me suena a plagio de telenovela mexicana.
Y se puso a meditar en posición de loto. – ¡Ya! chasqueó radiante los dedos –, tomas el ascensor y en el piso veintinueve ¡se rompen los cables!
Yo le dije que su propuesta no me convencía del todo, pues no me agradó la idea de acabar mis días como sardina dentro de una lata
– ¡Vaya que eres difícil! – Exclamó enfadada – Yo solo cumplo con mi deber.
– Y yo entiendo bien aquello – repliqué al instante – pero tampoco puedo aceptar cualquier cosa.
– ¡Alto, alto! – Interrumpió de pronto nuestra conversación – No me interesa hablar contigo, tú no estás en la lista de hoy. ¡Detén el auto, por favor, detén el auto, que nos pasamos el hospital! –. Yo sujeté firme el volante, pisé el freno, volví la mirada y, en efecto, el hospital quedaba muy atrás.
– Te dejo – Habló irritada al bajar del vehículo, – que me has hecho perder una cita y debo apresurarme para no fallar a otras. Nos volveremos a ver – me advirtió –, y sin darme las gracias, cerró la puerta de un puntapié.