Sonntag, 30. Juni 2013

La ceremonia del té (3)



Cada cual con nuestra taza de porcelana, empezamos a disfrutar el sabor y fragancia de sus hojas verdes. El misterio y la armonía combinados en una simple taza con té.


Avanzamos sin decir nada, abriéndonos paso en la avenida llena de turistas a esa hora y de almacenes con las últimas novedades en tecnología y moda para la próxima estación de invierno. El turismo local no necesita del mundo para subsistir, pues cada día se incorporan nuevas masas de viajeros chinos a descubrir su nación, prueba del crecimiento económico de los últimos años. En las ciudades que he visitado, los hoteles casi siempre están llenos, y en temporada de vacaciones –como hoy- o en verano es imposible obtener un piso, aunque sea junto al perro, sino se reserva a tiempo. Igual ocurre con los trenes, cuyo servicio, en cuanto a puntualidad y trato se refiere, es uno de los mejores del mundo. Los viajeros aquí, al contrario de Europa, están acostumbrados a emprender largas jornadas. Durante el año nuevo chino, se moviliza, según estadísticas, el ¡36.5% de la población total del país! Son inmensas masas de trabajadores viajando miles de kilómetros para visitar sus hogares. Ellos están donde hay trabajo, y ello ocurre en las nuevas metrópolis que brotan cada día en la nación de Confucio.


China es la fábrica del mundo. No todo es copia, ni todo es malo; depende –como en todo negocio- del precio. Nike, Adidas, Ford, BMW, por citar algunos ejemplos, tienen sus oficinas y fábricas aquí, para exportar a los mercados cuya población demanda por lo que paga, mientras la calidad media –aunque de marca- se destina a países menos exigentes, como Europa del Este, Sudáfrica, Tailandia; la baja y desecho va a África o Latinoamérica. La mayor parte de vitrinas en Ecuador están llenas  de estas dos últimas. En cuanto a moda se refiere, cada fin de temporada los productores rematan contenedores enteros con ropa de desecho y pasada de temporada, de cara a la próxima estación. La competencia es extrema en el mercado interno.

De pronto Wang Shang se detuvo frente a un restaurante. Imagino que debió ser de categoría, porque era un zoológico en miniatura, con conejos, tortugas, una variedad de peces, pepinos de mar, moluscos, gallina negra, pavo, pato, y hasta lechones. La presunción de un restaurante depende del tamaño de su cocina y de la variedad de animales para matar y servirlos a la mesa en –máximo- 15 minutos de espera. 

Decidimos entrar. Y pronto nos dimos cuenta que en su interior casi no había espacio para nosotros. Desde la puerta de ingreso se podía ver las mesas con clientes esperando sus comidas o ser atendidos. Los meseros, vestidos con pantalón negro, camisa blanca y gorro de color rojo, iban de un lado al otro recogiendo pedidos, tendiendo nuevos manteles –desechables-. Tres mujeres jóvenes nos saludaron en coro e inclinaron sus cabezas al vernos ingresar. El maestro de recepción nos condujo hasta una mesa ovalada, donde otra familia de seis personas leía el menú.


En ese momento llegó una muchacha a la mesa, (su vestido rojo de seda le llegaba hasta las rodillas, insinuando apenas su delgada silueta) para pedir disculpas por la tardanza debido a la cantidad de clientes; tras ella vino un mesero con la bandeja del té. Puso dos tacitas marrones de fina porcelana sobre el mantel y, junto a ellas, un puchero con té. Lo repartió y se marchó enseguida, mientras la jovencita nos extendió la carta del menú.

-¡Estamos para servirle! –Nos dijo con una leve sonrisa y se alejó de inmediato a tomar el pedido de otros comensales; mientras nosotros seguimos atentos el camino de sus piernas largas y delicadas. Wang Shang y yo chocamos –al instante- las miradas, y luego sonreímos, sabiendo que juntos habíamos descifrado –otra vez- un código muy usual en los hombres: la admiración y el deseo ante el enigma de lo bello. 

Volvimos a la mesa. Cada cual con nuestra taza de porcelana, empezamos a disfrutar el sabor y fragancia de sus hojas verdes. El misterio y la armonía combinados en una simple taza con té.

-¿Si has visto la cantidad de comensales aquí? – Interrumpió de pronto Wang Shang, y ante mi respuesta con el movimiento de cabeza, continuó: -Cuando los negocios prosperan, las empresas estatales o privadas pagan bien y puntual, la sociedad llega a tener estabilidad económica, traducida en mejores salarios y más tiempo libre; nace entonces la necesidad de mimar la barriga, primero, y luego la vanidad. Pagar USD 10.000 por un traje ejecutivo, o USD 600.000 por un reloj con punteros de diamantes es casi una obsesión en personas que deben cuidar su imagen en un mundo cubierto de apariencias, de marcas; cuando –de acuerdo a los pensamientos de nuestros guías espirituales- no se necesita más que lo indispensable para vivir en armonía con dios y el mundo. Hemos llegado a una etapa de nuestra historia en la que la mitad de la población superó el hambre, ¡el hambre que hasta hace poco asolaba nuestros hogares! Y a cambio, los que tenemos la barriga llena- nos hemos vuelto egoístas y creemos que sólo cuenta nuestro tiempo, nuestros impasibles mundos interiores, cuyo mayor desvelo son la cantidad de calorías ingeridas durante el día, el psicólogo y las compras. La moda – si no quieres estar rezagado del mundo- causa furor, es un grito salvaje en pleno vuelo, te convencen aquellas modelos, casi huesos, endiosadas por la aurora de la novedad. 
 

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