Donnerstag, 18. Juli 2013

¡¡Chifá...Chifá!! (4)


Yo seré leal con nuestro diálogo.- Hice una pausa y afiné mi pregunta:
-¿Tú has pedido aquel menú, el de los bebés?


-Igual ocurre con la comida y bebidas. ¿Qué es esa bebida que los empresarios de hoy toman como café? Un triunfador –se dice y hay muchos que están convencidos de serlo- es millonario y por tanto refinado: símbolo del hombre dinámico de nuestros días. Representa status, porque el kilo -en grano- cuesta 30 veces más que el mejor de la tienda. Y el sueño de todo empresario joven es pertenecer al grupo selecto de los que beben café con excrementos.

-Hay mucha tela que cortar de este rollo-, le sermoneé, pero ignoro a dónde quieres llegar. Yo seré leal con nuestro diálogo.- Hice una pausa y afiné mi pregunta: 

-¿Tú has pedido aquel menú, el de los bebés? 

Wang Shang me miró fijamente a los ojos por algunos segundos, pensando –quizás- que todos los discursos de hoy no acabarían sino en un dardo personal. Puso más té en ambas tacitas, y alzó de nuevo la suya, mientras ordenaba en su cabeza la respuesta; mas,  justo cuando iba a hablar, se acercó a nosotros la joven del vestido de seda con una libreta para tomar el pedido. Nosotros –embelesados como estábamos en el diálogo- no habíamos hojeado aún la carta y quizás tampoco necesitábamos hacerlo, porque durante el viaje casi siempre ordenábamos lo mismo, a fin de no tomar riesgos con el estómago debido al cambio de comidas. La muchacha leyó en voz alta el pedido para confirmar: tofu frito en salsa agridulce, nabos en aceite, huevos con tomates cocidos y una porción doble de arroz.

-¿Suficiente para ambos? -Interrogó ella, con una leve sonrisa, que fue igual a un calmante en medio del salón lleno de comensales. Los rasgos finos de su rostro me tenían cautivado. Wang Shang se incorporó entonces para ir al acuario, donde una  camada de peces revoloteaba en busca de alimento, pues es costumbre en la cocina no alimentarlos el día de ponerlos en la olla, y señaló a uno que parecía el más fuerte, no el más grande. El cocinero, que seguía atento al movimiento de la mano de mi amigo, metió la suya en la pecera,  tomó a prisa  al pez señalado, y antes de que éste pudiera agitarse en el aire, lo sujetó con las dos manos y al instante golpeó su cabeza contra el filo de una madera. Alcanzó enseguida un cuchillo y comenzó a quitarle las escamas, luego partió su barriga para sacar sus intestinos y lo puso de inmediato en una cazuela con cebollas, algas marinas, hojas verdes, ante la mirada atenta del cliente.

Wang Shang volvió a la mesa, mientras la muchacha se abría paso entre la gente retirando otros pedidos para entregarlos a la cocina. Yo temí haberle molestado con mi pregunta. Tal vez estuve fuera de mis palabras, y pensé que nuestra cena se volvería insoportable. Estuvimos sentados frente a frente, sin bajar la mirada por algunos segundos, y cuanto más sospechoso era nuestro silencio, más ideas sosas cruzaban por mi mente.

El té, por fortuna, se había acabado y yo hallé un motivo para girar sobre mi asiento y pedir más al mesero, que justo pasaba por mi lado con una bandeja llena de alimentos. No fue necesario insistir, porque, mientras la muchacha tomaba el pedido, se había dado cuenta de ello, y sin tardanza trajo un nuevo puchero con té, retirando el vacío. Segundos después, vino el mesero con palillos, cucharas, una cocineta pequeña que la ubicó en medio de la mesa y, de paso, dejar un pocillo con maní en sal, junto a otro con picadas de palmito.

Ni bien se retiró, nosotros empezamos a picar. Casi no hablamos. El hambre tiene sus  reglas. Y ya con algo en la barriga, sonreímos. Luego nos dedicamos a mirar el ajetreo de los meseros, portando innumerables fuentes con tantas delicias en ellas, que el estómago empezó a retorcerse con la sola idea de probar siquiera. Así transcurrieron algunos minutos, hasta que el camarero se acercó con una bandeja portando nuestro pedido. Ubicó con cuidado los platos sobre la mesa y partió de nuevo a la cocina para traer luego de unos segundos la cacerola llena con sopa – a medio guisar- de pescado. Metió la mano a su bolsillo y sacó una fosforera para prender la cocineta. Puso encima de ella la cacerola y la dejó a fuego lento. -¡Chifá, chifá! (Buen provecho)-. Nos dijo. Y salió a prisa a atender otras mesas.

Pero Wang Shang de ningún modo era de los que se quedaban con la respuesta en la boca. Sus ojos negros y vivaces volvieron a encenderse para ver mi reacción ante la comida. Yo repetí: ¡Chifá, chifá! Y saqué los palillos de su funda plástica. Igual hizo mi amigo, sólo que a media cena lanzó la siguiente pregunta:

-¿Qué provocará en ti, el amigo que hoy comparte la comida, una respuesta afirmativa o negativa?

-Disculpa-. Contesté, sin dejar de comer. -Fue una tontería de mi parte.- Y hubo otra vez una pausa entre nosotros. Escuché el ruido de alguien a mis espaldas sorbiendo sus tallarines. Dos jóvenes meseras corrían apresuradas con bandejas de alimentos, ante la atenta mirada del jefe de sección; el mismo que siempre estaba listo al llamado de los clientes. Yo desvié la mirada hacia la mesa contigua, donde una pareja joven disfrutaba de su cena: lengua de pato, hongos con pedacitos de cerdo y, en medio, el tazón -con sopa de tortuga- hirviendo a fuego lento. Hay tantas delicias que hacen soportable mi estadía en China. 

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