Freitag, 26. Juli 2013

Como si fuera un bistec


-¡Canibalismo, simple canibalismo!- Vociferé en medio del restaurante; por fortuna, nadie entendía inglés y la gente en tales sitios grita a su gusto durante las comidas, donde es normal las sonoras carcajadas, el sorber los tallarines y la sopa.


¿Cuánto tiene que ver la política de estado de un niño por matrimonio, y quienes sobrepasen la regla son castigados con penas económicas imposibles de pagar la gente sencilla, con cárcel y la separación del recién nacido de la madre?

-Sí.- Oí de pronto su respuesta, que yo no supe si seguir comiendo mi sopa (¡y sí que la saboreaba hasta entonces!), o hacer una pausa para sofocar ese instante con un poco de té. Me decidí por lo segundo. De ningún modo era mi intención acusarle de algo que en Occidente la sola idea de comer escorpiones, o saltamontes es repugnante, peor fetos humanos en salsa de soya, acompañado de vegetales y carne de pollo. Él tampoco debió sentir algún remordimiento, porque –luego de tales ideas en mi cabeza- al alzar la mirada, descubrí que seguía disfrutando la comida. El fuego bajo el tazón estaba cerca de extinguirse y las verduras con el pescado estaban en su punto.  Wang Shang tomó el cucharón y puso más sopa en su plato; en tanto yo, restablecido al fin tras su respuesta, se me ocurrió atizar de nuevo nuestro diálogo: 

-Y eso… ¿A qué sabe?-Pregunté, sin alzar el tono para esconder mi repugnancia.

-Si pides pato a la pekinesa, ¿a qué va a saber?
Estaba claro que nuestra educación y costumbres en asunto de comidas eran diferentes. No había para qué seguir insistiendo en este asunto, y menos cuando él estaba convencido de que ello era lo más normal en su mundo. Entonces añadió:

-He comido ello tras hablar con el dueño del restaurante y de esperar varios meses. ¿Dónde? Si quieres un día vamos a visitarle…

-Noooo!- Grité al instante, que los comensales a nuestro alrededor volvieron sus miradas. Wang Shang sonrió.

-Es una delicatesen. Es un plato del que la gente de aquí habla mucho y por tanto nuestra mente, nuestro paladar está preparado para ello. Fui allá –una noche- con un grupo de cinco amigos...

Pero yo no quise saber detalles, así que le interrumpí con uno de los argumentos locales (de acuerdo a la prensa Occidental) para pedir tal menú: 

-Dicen que es bueno para la potencia sexual…-Mi sonrisa era insípida.
-El viagra fue un invento chino, no lo olvides-. Aseveró, mientras ponía con los palillos más verduras en su plato de porcelana.
  
-¡Canibalismo, simple canibalismo!- Vociferé en medio del restaurante; por fortuna, nadie entendía inglés y la gente en tales sitios grita a su gusto durante las comidas, donde es normal las sonoras carcajadas, el sorber los tallarines y la sopa. A nadie parece incomodar (solo a los extranjeros), el masticar con la boca abierta, de vez en cuando meterse el dedo en la nariz, las ruidosas carrasperas antes de escupir la flema, fumar en pleno comedor, sin prestar atención a niños o a mujeres. Más allá de comer burro o culebra (tal vez se deba a la habilidad de los cocineros con los aliños y los acompañados, pero tienen sabor agradable, debo decirlo) o de si la carne de perro (que también me agrada, pero la sazón de cierto comedor en los alrededores de Seúl) ayuda a soportar la crueldad del invierno en el norte de China, o a mitigar el insoportable verano en las costas del sur, mi razón no admite que alguien pueda servirse un feto, como si se tratara de un bistec, cuando hay tantas cosas para saciar el hambre. 

Wang Shang me miraba, siguiendo -tal vez- la línea de mis pensamientos para conocerme un poco más; o quién sabe, ajeno a mi conflicto interior, disfrutando –ahora- del té, mientras limpiaba con un palillo sus dientes. Doctores, enfermeras de hospitales públicos y dueños de restoranes  están involucrados en este negocio. Ignoro si es nuevo, o si es una tradición de larga data. ¿Cuánto cuesta un feto -con fines gastronómicos- en el hospital? 200 a 300 dólares (es lo que he leído).  ¿Cuál es el porcentaje para la madre y cuánto para la gente del centro de salud? ¿Cuál es el precio de la sopa? ¿Cuánto tiene que ver la política de estado de un niño por matrimonio, y quienes sobrepasen la regla son castigados con penas económicas imposibles de pagar la gente sencilla, con cárcel y la separación del recién nacido de la madre?

-Las costumbres de cada región son diferentes y hay que respetarlas, incluso si de ningún modo son similares a nuestra manera de pensar y de concebir la vida. Muchos habitantes del Tibet en pleno siglo XXI no entierran a sus muertos, ellos tienen un deshuesador, una especie de carnicero que desuella los cadáveres con un gran cuchillo y sus carnes-gramo tras gramo- las arroja a las aves de carroña; luego de varios días recoge sus huesos blancos y los entrega a sus familiares para que se ocupen de ellos.  Para el mundo occidental  ello no está bien, pues los muertos deben ir al cementerio y descomponerse allí. O echarlos al fuego, simplemente, y guardar sus cenizas en una urna; pero, entonces los tibetanos se preguntan, ¿por qué se tiene que chamuscar a los muertos hasta reducirlos a cenizas, o por qué los cadáveres deber ser sepultados enteros?

-Supongo que cada pueblo tiene sus ideas de la muerte…
-En la “civilizada” Europa, en épocas no muy lejanas, hablo de finales del siglo XIX, el canibalismo era más frecuente de lo que hoy pensamos. En algunos pueblos de América, tú mismo me has contado, hasta mediados del siglo anterior, hubo casos de antropofagia, cuando se descubrió que la fritada (el plato típico de tu pueblo) se la hacía con carne humana...

-Fue durante mi adolescencia….
-Un caso muy bullado entre ustedes, pero desconocido para el resto del mundo. 

-Recuerdo que se acabó de inaugurar un tramo de la Panamericana, la carretera que une a Ecuador con las naciones vecinas. Mi padre solía “escaparse”  a la fonda de doña Jesusa, ubicada a pocos kilómetros del pueblo, justo a la vera del camino. Era un sitio para comer, amenizar con mujeres jóvenes y embriagarse con ellas hasta perder la razón, sin preocuparse del tiempo, de los comentarios mordaces de la gente y del dinero, porque –según dijo mi padre- el crédito era bien venido. Lo frecuentaban taxistas, hombres solos (por quienes nadie preguntaba si desaparecían), esposos aburridos de sus hogares, los nuevos ricos de la industria de aquel entonces: la caña de azúcar (hoy son los tejidos). El negocio debió ir sobre ruedas, de no ser porque el cocinero un día olvidó un detalle: alguien descubrió en su comida –las carnes azadas servidas con papas y salsa de ají- un dedo humano con su uña. El caso fue denunciado a las autoridades y éstas, al inspeccionar la fonda, descubrieron que en su cocina se faenaba personas. 

Igual ocurió en Otavalo; ciudad donde hoy viven mis hijos. Hace cuatro décadas, cuando el camino a Quito aún se lo hacía por las lagunas de Mojanda, una familia  de apellido Remache tenía su fonda en medio de las montañas. Era un sitio de descanso obligado para choferes y pasajeros. En la ciudad había noticias de desaparecidos, pero nadie imaginó que éstos habían terminado en las gigantescas pailas de la fritada que se vendía a los transeúntes de camino a Quito o viceversa. Fueron sorprendidos por las autoridades y llevados a la cárcel, no así sus hijos menores, quienes tuvieron que cambiar de ciudad y de apellido para no ser molestados por los habitantes de Otavalo. Entonces pasaron a llamarse Viñiachi. 

-Y, entonces, -me preguntó Wang Shang, desafiante- ¿Cuál es tu problema con la comida? Aquí hay quien piensa que la sopa de embrión les ayudar a mantenerse sanos. ¿Quién podrá hacerles creer lo contrario? ¿Ustedes, que hasta hace poco hicieron lo mismo? ¿Ustedes que usan la placenta de sus hijos recién nacidos en cremas faciales para evitar las arrugas? Nosotros creemos que comer perro en los días insoportables del verano nos ayuda a sentirnos mejor. Y que la culebra en nuestras barrigas nos acerca al dios dragón. Y el gato (porque ya no hay tigre ni selvas) nos ayuda a adquirir la vitalidad y potencia sexual del felino que domina las selvas; por ello aquí comemos dos o tres carnes juntas de acuerdo a lo que creemos son las cualidades del animal: culebra=dragón +gato= tigre +pollo=el águila. 

Mi amigo empezó a disfrutar del momento sagrado del vicio. Supongo que él esperaba aun más de mí, pero no dije nada. El ruido de los clientes y el humo de otros fumadores en el local se volvieron insoportables, que no tuve más opción que pedir la cuenta; pero él se había adelantado a ello. Una jovencita con pantalón negro y chaqueta roja se acercó con la factura y, ni bien la puso sobre la mesa, Wang Shang la tomó consigo, sin darme tiempo a extender mi mano siquiera. En China los amigos aún se pelean por pagar la factura. Yo no insistí, aunque hice un pequeño amague, mientras anunciaba: ¡La próxima es mía! En Europa yo me habría hecho cargo de la propina entonces, pero aquí ello es considerado una humillación. Nos incorporamos y, al abandonar el local, las tres jovencitas, con sus vestidos largos de seda, se inclinaron de nuevo a nuestro paso, para agradecer en coro la visita. 

Otra vez en las calles de Guangzhou en época de vacaciones: ¡Bienvenidos al infierno!  

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